sábado, 24 de marzo de 2012

Touch, una serie potencialmente "variable"

Una fabulosa producción a cargo de Tim Kring reconoce al mundo, y al universo, como una conexión mística. Con los actores Kiefer Sutherland, David Mazouz, Gugu Mbatha-Raw, Danny Glober se inicia el primer episodio de la serie estrenado ya hace una semana en la cadena FOX en horario estelar (22:00 hrs). La nueva y prometedora serie de FOX pueden verla los Lunes en horario estelar, y si no son tan buenos con su memoria como yo, tambien pueden esperar las repeticiones que transcurren en la semana; aquí el trailer promocional de la misma.

Malleus Maleficarum


     Los gritos empezaron a escucharse por todo el pueblo.  Ese día trece daba la impresión de ser tan tranquilo y sereno que nadie se imaginó de lo que estaba por suceder durante la caída del sol. Elly Zugarramurdi estaba con el joven Arthur en su hogar, muy pálido y macilento, cuando tumbaron la puerta principal tres hombres fuertes que impusieron su presencia al verla realizar la peor de las atrocidades. El ruido la impresionó tanto que se vio sobresaltada sobre la silla adjunta a la cama a la par en el que sus cuencas extrañadas rebuscaban desorientadas alguna explicación de aquel evento. Ninguno de los hombres se dignó a cruzar palabras con ella, pues con lo poco que habían visto bastaba, para ellos y para cualquiera, para someterla. El más grande y barbudo la tomó estrujándola con sus recias manos y le dio la vuelta mientras ella luchaba por pedir alguna explicación, lo único que obtuvo fue una soga al cuello por parte del otro caballero con la armadura sucia de sangre e impregnada de hollín. El tercer caballero sacó al joven Arthur de la casa pues solo era la victima de las atrocidades por parte de la mujerzuela y sería necesario para el juicio de las demandadas.
     A Elly le empezó a irritar la soga que llevaba al cuello pero no se arrepentía de lo que había estado haciéndole al pobre Arthur; solo ver por la ventana le revelaba el final que estaba por alcanzar cuando notó los troncos siendo reunidos en la plazuela del pueblo: la quemarían viva, en la hoguera. Meses antes le habían advertido a Elly Zugarramurdi, una compañera de común interés, que dejara sus prácticas en pausa por algunos días pues había escuchado de algunas otras que empezarían a ser perseguidas: “Si tu quieres puedes dejar de hacerlo, pero yo lo defenderé hasta que me convierta en cenizas.”, le había dicho muy firme con la esperanza de que su compañera no desistiera. Empezó a forcejear con el cuello, después el cuerpo entero,  pero solo terminó por enrojecer la piel de sus muñecas. Lo intentó nuevamente con tal de no darse por vencida y recibió una cachetada por el que llevaba la soga argumentando que las mujeres deberían de obedecer a los hombres, puesto que había un Dios no una Diosa.
     A Elly le ardía la cara a causa del bofetón por la inmensa mano del caballero. Al salir por el umbral notó la gente aguardando para verla y Elly pensó que las cosas empezarían a dar un giro benévolo pero sus especulaciones acabaron al llegarle el montón de burlas, los tomates ensuciando su ropa y los escupitajos de la vecina que más la detestaba, quien no soportó la ansiedad de decirle con una sonrisa macabra y despotismo: “Al fin hice que te fueras de aquí.”. Fue entonces cuando Elly comprendió que las acusaciones en su contra venían de la esposa del mercero a causa de los celos que le provocaba que su marido se fijase más en la actitud de Elly que en la belleza incalculable de ella. Las mujeres son capaces de hacer lo que sea con tal de defender lo que es suyo y un marido no es la excepción, pero Elly no tenía la más mínima intensión de sonsacarle el esposo  puesto que estaba más enfocada en sus actividades prohibidas aunque los celos de la esposa la cegaron tanto que cometió un crimen peor que la misma Elly ante los ojos del Divino Verbo.
     La madre del joven Arthur la veía sufrir entre la multitud. Elly le clavó la mirada esperando en ella una última oportunidad para acabar con el malentendido a lo qué la mujer robusta y de caderas amplias solo supo apretar los labios y limpiarse las lagrimas mientras se alejaba pensando: “Si la defiendo me… No puedo dejar solo a Arthur”. La principal prioridad de una mujer será mantener a gusto a su familia porque ellas saben el verdadero significado del sacrificio y justo por esos motivos una mujer fuerte como la madre de Arthur no podía dejar a su hijo moribundo al azar del destino. Para la pobre de Elly no eran buenas noticias que la única mujer que apoyaba su causa le diera la espalda de esa forma pero luego lo pensó por un instante y se dio cuenta de que hubiera hecho lo mismo de estar en su lugar.
     Un fuerte tirón de la cuerda le hizo a Elly sentirse ahorcada, y es que la gravedad había conspirado en su contra junto con el caballero barbudo de yelmo ausente para hacerla caer en el empedrado de la avenida frente a la mesa de uno de los jueces. Las manos de Elly estaban tocando el suelo mientras su cuerpo frágil trataba de ponerse en pie, tenía las piernas dobladas y la cadera algo torcida cuando vio a un hombre de armadura misteriosa sentado por detrás de una mesa con algunos expedientes.
     -Esta es la hereje, señor.
     La voz parecía venir detrás de Elly y el único a sus espaldas era el caballero barbudo que no se dignaba a verla a los ojos. Elly no se sentía inferior a ellos. Trató de ponerse en pie pero el abominable hombre la hizo caer cuando le puso el pie en la espalda. Los cabellos de Elly sentían el roce de la punta del escarpe sobre su cabeza y pensó un rápido movimiento para retirarlo, pero la audacia de la mente de Elly solo se vio opacada mediante la fuerza bruta del hombre. En aquel entonces las mujeres eran tan inferiores que a Elly le repugnaba la idea de casarse y verse sometida mediante un crio ebrio cuya única manera de mostrarle afecto fuera tratarla como alguien insignificante. La opresión que sufrían las mujeres era un cliché social aceptable mediante la creación de leyes que protegían a los maridos perversos poniendo a sus pies a las aún incomprendidas damas; por supuesto no todo era amargura y maltrato pues también existían aquellos que las amaban y trataban como su igual, pero eran pocos.
     -Elly Zugarramurdi –dijo mientras llenaba una de las planchas en su escritorio con los generales-, se le acusa a usted, al igual que a muchas otras, de demonolatría y prácticas herejes que van en contra de los preceptos de la Santa Inquisición.
     Elly bien sabía de qué podrían acusarla y los frascos y recipientes llenos de sangre de Arthur solo serían el pretexto perfecto para condenarla al inmediato, entonces se armó de valor y desde el suelo apretó los dientes y pareció escupir las palabras por lo iracunda que se encontraba:
     -Nun-ca-hi-ce-na-da-ma-lo…
     El caballero le quitó el pie por órdenes del hombre sentado en la mesa. La tomó de las greñas y puso su cara frente al Inquisidor mientras Elly forcejeaba por quitarle las manos encima.
     -¡Llévense a la mujerzuela, atenla en la hoguera!
     El caballero de estatura media con azules ojos traidores y cicatrices de arañazos recientes lograba percibirse iracundo al tener que verla a la cara. Ella era una blasfemia para él, pero para Elly Zugarramurdi el verdadero sacrilegio lo cometían todos esos caballeros. Era increíble. Muchos pensarían que se trataba de la lucha de la Iglesia contra las religiones paganas pero ni una mujer se atrevía a poner un pie en las puertas de algún Inquisidor sin el temor de convertirse en una acusada; parecía más una lucha de géneros, hombres contra mujeres probando quien podía ser mejor en el mundo, y los niñatos de barbas viriles llevaban la delantera.
     Lo cierto era que ambos eran importantes. No podía existir uno sin el otro. Pero había algo en la condición de la mujer que los mismos hombres envidiaban. Nacía, se convertía en doncella, luego en esposa, pero lo más místico era que tenía la capacidad de convertirse en Diosa al quedar impregnada de amor, y eso fue lo que en parte disgustó a Clemente mientras se ponía la venda en los ojos olvidando así a la que había sido la Madre María. Los caballeros nunca analizaron eso, solo seguían las ordenes de un viejo malhumorado que controlaba el imperio mejor estructurado de todos. Pero dentro de ellos había uno en especial, uno que vio a Elly desde las sombras y siguió sus pasos hasta la hoguera en donde sería quemada cuando todas las traidoras estuviesen reunidas.
     Estando en la hoguera sintió el frio de la madera  y no le importó reconocer de qué clase se trataba puesto que solo le quedaban horas de vida y prefería enfocarse en decidir como salir de aquel lugar. La oscuridad era parcial y no se veía detrás de la hilera de hogueras que llenaban la plaza, la compañera de práctica de Elly también estaba allí, y mientras Elly se quedaba viéndola sabiendo que ambas tendrían el mismo destino sintió un tirón en las muñecas y después de eso las sogas se deslizaron por el tronco haciéndola libre.
     Elly estaba por irse cuando recordó a Anne-Marie Saunière, su amiga incondicional de todas horas, atada a unos cuantos metros. No podía dejarla solo, una verdadera mujer no lo haría. Así que corrió a prisa hasta estar detrás de Anne-Marie quien con sumo cariño y sumida en sus pensamientos de empatía le dijo:
     -Sálvate, no tiene caso que te encuentren por mí.
     Elly no escuchó las palabras y terminó por liberarla en unos cuantos minutos. Había perdido dos uñas a causa de eso pero era un sacrificio menor que podía correr por una amiga como Anne-Marie. A Anne-Marie pareció no importarle el hecho de quedar en libertad y Elly comprendió en parte el secreto que aguardaba su mirar doloroso: algo malévolo acechaba el ama de Anne- Marie. Elly no la cuestionó acerca de los motivos y la tomó del brazo para que ambas huyeran fuera del pueblo. Pasaron por la avenida principal y Elly notó al extraño caballero que la había visto con mucho interés asintiendo con su cabeza por lo que se confundió para luego entender que había sido él quien la había liberado. Pasó por la que era la casa de Anne-Marie y vio el cuerpo sin vida de su esposo, entonces comprendió la debilidad de Anne-Marie quien corrió hacia el bulto sangrante tumbado en el pórtico; Elly no supo si dejarla perdida en su fantasía de volverlo a ver con vida a su marido o llevársela muy lejos y que jamás hubiese tenido al oportunidad de sanar ese doloroso recuerdo con un ultimo soplido de amor. Al parecer el marido de Anne-Marie la había defendido de los Inquisidores y por ello encontró la muerte en un instante después de batirse a golpes con uno de los caballeros con tal de salvaguardarla.
     Para Anne-Marie no pasó el tiempo al acariciar el pecho de su ex amante, su cuerpo aun estaba cálido pero quizá era por las casas en llamas a causa de todo el ajetreo. No lloró, no por un momento, pues el dolor era tan grande que se ahoga en su pecho y le inundaba los ojos sin derramar una lagrima. Sollozaba en silencio y pasaron unos segundos hasta que recordó a Elly aguardando su destino. No podía permitirse elegir entre Jaques y Elly, no en vida; sin uno de ellos la decisión fue dolorosa pero necesaria para la sobrevivencia de ambas. Dejó a Jaques tumbado en la acera pero le besó la frente y le puso su anillo de bodas antes de partir, fue entonces que la única lágrima que pudo escapar confirmó el amor eterno entre Anne-Marie y Jaques.
     Elly vio los troncos secos a la lejanía y de repente el fuego abrazador bailando un vals de viento que alcanzaba a iluminar algunas de las casas del frente. Se escucharon los gritos de algunos caballeros y el viento le trajo las malas nuevas.
     -¡¿Dónde esta la sanguinaria bruja y la tal Marie?!
     Ambas corrieron entre la poca gente que no presenciaba la hoguera masiva de las brujas del poblado. Los gritos de la tortura carcomían el alma a quien era receptor del sonido. Era como el chillido de varias mujeres unido en una solo sinfonía de misericordia, un alarido desesperado por salir de las brasas e inclusive una reminiscencia del yugo masculino contra ellas.
     Elly Zugarramurdi y Anne-Marie de Saunière salieron del pueblo para nunca más volver. Tomaron caminos y envejecieron con gracia en algún lugar lejano de la tierra. Ninguna de las dos volvió a ejercer la medicina o intentar la primera transfusión de sangre para no ser consideraras una abominación, aunque el Malleus Maleficarum siempre las consideraría unas brujas.

Historia de un apellido triste


     Yo era apenas una delicada caricia y un apasionado beso entre dos amantes cuando las cosas empezaron a ponerse tensas entre los dos antiguos rivales. El Este se volvería mi hogar y por tanto tendría que defenderlo a cualquier costo; mi lealtad siempre sería de los Ofiuco. Y es que cómo dedicarle tu vida a los Gaudette si desde que conseguí los oídos en el vientre de mi madre no he parado de escuchar aversiones sobre ellos.
     Mi nacimiento se vio opacado por la toma de una de las ciudades fronterizas que chocaban contra la inmensa muralla que dividía a las dos naciones, fue entonces que la gente comenzó a llamarle Tierra Brava a toda extensión que se viera inmediatamente adjunta a la división de piedra. Todos pensaron que nacería al atardecer pero la noche fue la primera en cobijar la mansión de mis padres al yo dar mi primer llanto de vida. Mi madre no tenía intención de descansar hasta saber algo de mi ausente padre, quien estaba con los demás miembros del consejo tratando de evitar que las cuestiones se salieran de control. Mi padre regresó a los pocos días de haber nacido trayendo consigo un cansancio inmenso pero nada más grave que unos raspones en el brazo y algunos moretones en el torso.
     Ambos eran tan amorosos que preferían pasar las noches en vela arrullando mi frágil cuerpo a dejarme a cargo de alguna de las múltiples sirvientas que trabajaban para nosotros. Creo que yo les correspondía, pues eran pocas las veces en las que despertaba de madrugada, o eso me contaron después.
     Dabolen era en aquel entonces el maldito avaro que pretendía conseguir más de lo que podía controlar; quería regodearse en la gloria absoluta cual cerdo en el chiquero, lo malo de todo el asunto era que su necesidad de poder no medía más que los propios intereses. Para mí fue una suerte del destino nacer quince días antes de su primogénito: Diallo Gaudette, quien, al igual que yo, iba a ser favorecido con las herencias familiares aunque criado con una distinta ideología que marcaba jerarquías y dejaba a un lado la igualdad entre todos los hombres.
     ¡Que bueno que nací bajo el apellido Buenalma!, porque estoy totalmente seguro que mi persona no hubiera podido soportar toda esa desigualdad y terminaría como uno de los Longstaff: abandonando el linaje y las riquezas por hacer lo correcto.
     De niño siempre seguí el claro ejemplo de mi padre: un hombre honesto, educado, cordial y sonriente que le alegraba el día a los demás con solo cruzar con su mirada. Él me enseñó el manejo de la economía, un poco de ciencias políticas y leyes no estaban de sobra, además de la siempre destacada literatura. Crecí y me volví un discípulo de la rectitud, de Su rectitud, la rectitud que había inculcado mi padre en mí. El nombre de Dimitri Buenalma empezaba apenas a llegar a los oídos del pueblo cuando cumplí los quince años, y todo por ordenarme en el consejo del cual mi padre era un miembro destacado y en el que no hacía más que el humilde, pero necesario, trabajo de secretaría.
     Era la adolescencia un martirio para mí puesto que no conseguía hablar con la chica de delicados cabellos rizados de tono caoba que desprendía la esencia de gardenias en su caminar. Su nombre causaba el impacto que ella te ocasionaba al verla por primera vez: Salomé. Era la más bella entre todas las jóvenes del Colegio de las Antiguas y Finas Enseñanzas y ninguno de los hombres podía, por lo menos, no voltear a verla. Nunca pude hablar con ella; mi timidez era inmensa con Salomé pues no quería verme como el ridículo crio que fuese rechazado por una doncella de semejantes proporciones. Y gracias a la causalidad conseguí a cambio algo mejor, solo que tardé tiempo en darme cuenta de que la que sería mi más valiosa posesión se encontraba absorta bajo la tapadura de los libros de ciencias alquímicas.
     Era recatada y parecía disfrutar del silencio que conseguían los libros, aunque ese solo era el delicado velo de su comportamiento puesto que bajó su finura y propiedad inculcados por la escuela se encontraba una mujer cuyo carácter irónico nunca pude llegar a entender; y eso fue lo que tanto me ha tenido enamorado de ella. Su cuerpo siempre delgado y su estatura solo un poco más baja que la mía, fueron un atractivo que pasé por alto al encontrar sus verdaderos gustos: prefería correr y ensuciarse que levantar el menique al momento de sorber un poco de agua, le fascinaba la moda como a toda mujer pero no vestía de manera rimbombante a menos que la ocasión lo ameritase, su comer tan ambiguo que pedía solo una bandeja de magdalenas en vez de algo mas lujoso como un buen corte de res o algo de caviar me hicieron ver que nunca escogería a mi amor pues él me había guiado hasta Ángela.
     A mis diecisiete años Ángela fue la única en ser mi soporte al acaecer mi madre, quien después de varias semanas en cama y algunos medicamentos de intravenosa hubo dejado su inmóvil cuerpo sobre la cama de dosel en la misma que me había mostrado el mundo por primera vez. Y pensar que horas antes de la hiriente noticia yo veía a Ángela solo como una fiel amiga, aunque después de sentir sus suaves manos entrelazando las mías y mirándola a los ojos por el extraño gesto, comprendí que sus pupilas me lanzaban un brillo diferente al que lograba percibir de los demás.  Fue entonces que descubrí que Ángela estaba enamorada de mí, y mi memoria me trajo los alegres recuerdos de las tardes en las que disimulando nuestro atracción por el otro dábamos a entenderle al viento los recónditos pero firmes sentimientos de sutil amor. Si bien me dolió el perder a mi madre y no poder volver a verla otra vez, el vacío no lo sentí tan profundo pues sabía que Ángela estaría junto a mí de ahora en adelante.
     Quizá las cosas no fueron perfectas como todos lo deseamos… aunque me hubiera agradado que mi padre no hubiese muerto el día de nuestra boda. La fiesta se suspendió mientras cambiaba los manteles blancos y las copas de champagne por los trámites de defunción y el ataúd de encino. Apenas habían pasado cinco años desde la muerte de mi madre por una extraña causa y mi padre le seguía los pasos hasta que descubrí el envenenamiento por Cianuro, que le fue depositado en uno de sus panques de almendras del desayuno; quizá el inconfundible olor amargo de las almendras le hizo ingerir bocado tras bocado de solidos blanquecinos sin que se diera cuenta y todo por la tiranía de uno de sus rivales en ganar algunas acciones de la compañía... Hasta el día de hoy pienso que los Bisoño han podido cultivar sus falsos campos de fortunas gracias a lo aberrante de sus acciones pero en ese entonces solo eran especulaciones mías y la policía no hizo más que tocar las trompetas y quitarse el sombrero en el cementerio de la familia.
     Después de pasar esos sabores amargos y aquellos extraños padecimientos junto a Ángela nunca más volví a dudar que ella fuese la otra mitad que siempre había buscado. Me casé en una de las mansiones que mi familia había dejado a mi nombre e invité a los miembros de mí amado consejo que siempre fueron como mi segunda familia. Si bien tarde un par de años en regresar a las reuniones, pues la silla vacía junto al inmenso sol me hacía recordarlo a él, nunca dejé a un lado mi lealtad hacía los Ofiuco y menos ahora que las erupciones de traición estaban tan de moda que los poblados enteros empezaron a desmoronarse por la desconfianza.
     Desde los veinticuatro hasta los treintaicinco la vida pasó sutil y marcando pautas importantes. Siempre quise concebir un hijo con Ángela pero nos fue difícil por la fría y seca esterilidad de alguno de nosotros; no era imposible pero la posibilidad casi nos resultaba milagrosa. Quería alguien a quien pasarle mi conocimiento, mis riquezas, pero nunca dimos en el clavo hasta aquel espontaneo momento romántico que surgió después de la cena del cumpleaños de Ángela el catorce de Enero. ¡Tendría un hijo! Y vaya que suerte para mi descendiente, pues un Ofiuco estaba por nacer aproximadamente en Marzo.
     Traté a Ángela como a una diosa, pues mi reina ya lo era, cuando mi sangre y la suya se encontraron mezcladas en su vientre; era la sensación más hermosa que llegué a experimentar. Por su parte ella era inquieta y de vez en cuando se escapaba de mi vista para pasear por la ciudad en uno de los automóviles mostrándole a nuestro hijo los andenes del boulevard o los plantíos de lavanda a las afueras de la ciudad.
     Todo me cambio el día que conocí a Octavio, el hijo de Katherine, Octavio Ofiuco quien había nacido un quince de Marzo, dos días antes de aquella tarde. Al llegar a verlo mi Ángela se encariñó con él bebé que sus ojos demostraron un brillo cálido y maternal mientras yo me ilusionaba con la idea de estudiar la postura para cargar a mi futuro hijo. La sonrisa en ambos fue inevitable ante los ojos grises que nos penetraron como la confirmación antigua de que él era un Heredero y tenía su marca, aunque quizá nuestros sentimientos fluyeron de manera inconsciente al pensar que dentro de poco estaríamos igual que Katherine.
     De tanta emoción mi corazón me ordenó obsequiarle una pequeña parte de mí a Octavio quien nunca antes me había conocido pero la frágil figura envuelta en una manta verde, era tan adorable y ajeno a los problemas en lo que la sociedad se veía inmersa que parecía incluso la clave para todo.
     Estábamos en el despacho cuando… ocurrió. El fragor de las carretas huyendo y los disparos por doquier hicieron que entráramos en acción al inmediato. Venían por él, por la figura inmaculada del Heredero solo para asesinarlo y cerrar cualquier posibilidad de derrota para Diallo –pues su padre estaba tan viejo que le había cedido los honores-.
     Ángela actuó al inmediato. Salió al pasillo y yo intenté detenerla pero volvería pronto así que la dejé continuar, al volver traía consigo un jarrón, un busto y un florero, además de tres frazadas verdes semejantes a las de Octavio. Bajamos las escaleras  toda prisa. Maximiliam iba al frente, Katherine y Octavio en el medio y, Ángela y yo cuidando las espaldas de todos intentábamos evadir las dagas voladoras que cruzaban apresuradas por nuestros costados. Y fue entonces que ella se adelantó al ver el umbral aproximándose pero… Yo no quería que lo hiciera… La sujeté del antebrazo lo más que pude pero se liberó de mis manos para evitarlo. La daga voló frente a ella y mis ojos se sumieron en el dolor. La vi en pie y pensé por un momento que todo estaba bien. Dio dos pasos titubeantes y creí que las cosas no habían sido las que yo intuía, pero la verdad era otra. Cuando vi la sangre derramarse por su vientre ya le había traspasado mi dolor al desgraciado que hozó lastimarla… Ya no había posibilidad de vida en ella.
     Me quedé en pie. El dolor en mi puño derecho ni lograba percibirlo por el inmenso abismo que se formaba en mi pecho. Los gritos de todos resonaban. La habitación no tenía salida.
     La sangre brotaba sin prisa pero a grandes cantidades manchando el piso de mármol, dibujándome una escena espantosa. Me mareé un momento por el impacto de lo que mis ojos veían y me vi perdido en ella: Ángela… mi único y verdadero amor. Mis ojos voltearon al sangrante vientre: hogar de mi hijo sin nacer… el único capricho de mi vida.
      La miré y vi sus ojos tan vivos como aquella primera vez de conocerle. Estaban relucientes y parecían serenos aunque las cosas no eran como esos vitrales me lo dibujaban. Escuche su voz y sentí un tirón en mi espalda que me arrastró por un pasadizo secreto mientras mi conmoción trataba de digerir la noticia…
     Ángela, Ángela, ¿Dónde estas mi Ángela?... Nunca debí dejarte sola en aquel lugar. Hubiera preferido morir contigo antes de pasar la vida sin ti.
     Los demás me sacaron de allí por mi propia seguridad y bajo las ordenes de mi esposa... Vi partir a Octavio hasta el otro plano con Katherine y su guardián. El desastre bélico estaba apenas por desatarse… pero yo estaba más concentrado en mi dolor que lo único que pude obsequiarle esa tarde a nuestro Heredero fue una lágrima de despedida.

Una nota que fue de amor


     Era una cálida tarde de otoño en el campo. El sol estaba por desaparecer a la lejanía y le regalaba sus últimos rayos de luz al hogar erigido entre la alfombra de césped. Los terrenos solo se veían limitados por un muro que bordeaba la casa a varios metros de ella, sin embargo los propietarios decidieron que lo esencial debía sobresalir de entre las banalidades.
     La débil luz del crepúsculo se colaba delicada por una de las ventanas de cristal en la estancia de aquel lugar. Los rayos iluminaban de manera tenue el decorado para nada ostentoso de la sala de estar; los tonos celestes de la pared, alguna que otra pintura o busto, el piso de madera, los muebles y cortinas en color beige permanecían estáticos.
     Un plumero se sacudía por una de las esquinas del reloj de péndulo. La mucama estaba en su trabajo cuando escuchó unos pasos que se acercaban desde el pasillo del dormitorio. A la mujer del servicio le vino un sentimiento que le enfrió el pecho por lo que detuvo el plumero y salió con la cabeza gacha hacia la cocina. En ese instante, alguien apareció entre el umbral.
     La dueña de la casa entró en la estancia. Camil era el tipo de mujer de carácter reservado y de la que su poco interés en los accesorios hacía notar que prefería lo sencillo. La holgada blusa de amplias mangas que llevaba puesta, bailaba entre el viento delicadamente a la par de su pantalón negro. Su andar sutil emitía un leve golpeteo en la madera.
     Camil, entre el arco, observó como la luz entraba por las ventanas laterales bañando así los tres muebles y la mesa de centro, los cuadros de la pared estaba tan quietos como siempre que ni siquiera los miró de reojo, escuchaba como el péndulo del reloj marcaba el paso del tiempo por su izquierda y al voltear a la derecha pudo notar las dos palmeras que protegían los costados de su más valiosa posesión: el piano. El instrumento de cola, de un brillante negro exquisito a la vista, era el único y más importante lujo para ella. Siempre afinado y perfecto.
     “No me vendría mal relajarme con una pista”, se dijo tomando rumbo hacia su preciado instrumento.
     No dio más de tres pasos cuando pudo notar algo extraño sobre la caja de resonancia. Al acercarse se percató de la nota de papel doblada a ala mitad que en una de sus caras resguardaba la firme letra de Miguel. Tomó la opalina entre sus dedos para poder leer el mensaje que contenía.
     “Camil” -podía leerse de la tinta negra sobre el papel.
     La nota estaba sobre el piano por algún motivo especial, así que sin demoro desdobló la nota para comenzar a leer el breve recado que le había sido dejado.
     “Quizá esta no sea la manera de decirte algo tan importante –Camil solo contrajo sus ojos-, y yo lo sé, pero no he encontrado el momento para decírtelo. Hubo momentos magníficos  entre los dos, es solo que las cosas no son lo que solían ser. Estos dos últimos años me he sentido tan ajeno a ti, por lo que me he pasado las tardes pensando qué sería lo mejor y no obtengo otra respuesta que el dejar las cosas en paz. Me iré Camil. Yo sé que eres una mujer fuerte y comprensiva y entenderás mis razones, y sobre todo, no pensaras que alguien te sacó del sitio donde estabas.
  Adiós.”
     Camil se quedó quieta por un momento, quizá digiriendo las palabras, y luego dejó la nota en donde la había encontrado. Se sentó en el banquillo del piano muy tranquila y comenzó a tocar una de sus melodías favoritas, una creación suya llamada “Aquella tarde de Abril”.
     Los dedos de Camil se mecían sobre las teclas con suma maestría. Respingaban las teclas haciendo sonar unos acordes sencillos pero encantadores. De repente, los dedos pasaron a acariciar las partes blancas y negras y el ritmo se volvió más pausado. Dichosas las mucamas que escuchaban aquella pista.
     Mientras los dedos disfrutaban del paseo musical, la melodía traía consigo los recuerdos desde el fondo de sus pensamientos. Una débil  sonrisa asomó al rostro de Camil, pero era una sonrisa tan poco esbozada que solo el propio Miguel podría haberla reconocido.
     A la par de la melodía la dueña del piano se vio sumergida en sus recuerdos. Su rostro era tan firme que parecía estar concentrada en los acordes, aunque en realidad era la música la que le guiaba. Estaba concentrada en tocar pero sus pensamientos empezaron a ser más vagos al grado de recordar a un Miguel juvenil, de unos veinte años, salpicándola con el agua de la piscina de aquel hotel en el que ella se hubo hospedado para ofrecer su primera presentación en un cercano conservatorio. Los ojos de Miguel parecían tan iluminados y felices que le recordaron otra escena, aquel viernes de Abril en el que cenaron juntos  por primera vez. Los ojos de Miguel estaban tan concentrados en ella que a Camil le enamoraron irremediablemente.
      La pieza musical estaba tan perfecta, parecía incluso acariciar al viento.
     Los recuerdos avanzaron lentamente hasta aquel momento en que el velo acaricio sus mejillas para descubrir sus labios al que sería  su esposo…  Los ojos de Camil se dirigieron a los dedos que brincaban sobre las teclas del piano, la melodía seso y los anillos que hasta hace unos momentos encontraban su lugar entre sus dedos reposaban ahora sobre la nota que eran lo último que Miguel había dejado en aquella casa.
     La música continuó hasta muy tarde aquel día, mientras los últimos rayos de luz iluminaban los anillos y la hoja blanca sobre el piano sin que ella los mirase mas que una vez al ponerse en pie para dirigirse a su habitación.
     Al subir las escaleras sus pasos hicieron eco entre las paredes, contrastando  con el silencio parcial que guardaba la recamara en penumbras. A pesar de no detenerse a observar su habitación no pudo evitar percatarse de la ausencia de aquella persona cubierta con la mitad del edredón y la luz inusualmente apagada del lado izquierdo de la cama. Camil encendió la luz del baño y conforme empezaba a tomar las prendas de dormir notó los pequeños cambios en el gabinete; ya no había más navajas de afeitar o esas colonias que llenaban con su aroma el pequeño espacio en la pared.
     Aunque la nostalgia no llegó a invadirla, al entrar en la habitación un pequeño y fugaz aire de soledad sopló en su pecho y la única lágrima que podría haber derramado fue suprimida al darse cuenta de la poca importancia de Miguel en su vida…
     Las pocas horas que faltaban para el concierto estaban siendo ocupadas por el último trámite para el divorcio. Habían pasado algunas semanas y los medios parecían deleitarse con la tragedia que sacudía al matrimonio de la magnífica intérprete, aunque a ella no podía importarle menos. Si bien Miguel y Camil no sentían odio entre ellos, solo se veían como extraños  muy cordiales ante la sorpresa delos abogados de ambos y el juez.
     Algunos  reporteros delas mejores revistas dedicadas a la música clásica, en las que Camil había aparecido una o dos veces,  aguardaban interesados a las puertas de juzgado con tal de conseguir algunas palabras acerca del suceso. Camil salió decidida hacia el Mercedes negro que le espera en la acera. Se fue de allí si decir una palabra a los curiosos. Los medios supusieron que el rencor y el dolor para Camil causarían complicaciones en su futuro como artista, y una vez más se equivocaron.
     En los días que siguieron Miguel se vio acorralado por alguno que otro interesado en la nota. Los gustos refinados de Miguel lo condujeron a un agradable restaurante cercano a la editorial en la que él trabajaba.  Fue entonces cuando por caprichos del destino él y una de las reporteras de las revistas más interesadas en el caso de Camil lo reconoció y llegaron a entablar una conversación que limó todas las asperezas de las críticas contra él.
     -¿Entonces es verdad qué ninguno de ustedes traicionó la confianza del otro? –preguntó la reportera con los inocentes ojos que ocultaban sus verdaderas intenciones.
     -Nunca le fu infiel a ella, si es lo que me pregunta –contestó Miguel cortando un pequeño trozo de su bistec completamente indiferente.
     -¿Y por qué no intentaron salvar su matrimonio?
     La reportera se dio cuenta de que había dado en el clavo cuando el hombre frente a ella tomó la servilleta para limpiarse las comisuras de los labios, y dirigiendo su mirada a la mujer decidió ponerle fin al asunto.
     -Cuando trabajas entre los aplausos y lo que amas, tus prioridades cambian.
     -¿Y cuándo sucedió?
     -No lo sé exactamente… pero un día me di cuenta que era menos importante que su piano.

El acertijo en Latín


     ¿Alguna vez te has quedado despierto hasta altas horas de la noche solo checando estados en Facebook o Twitter? Es obvio, a las doce o tres de la mañana no hay nada mejor que hacer aparte de dormir, pero si tienes insomnio al parecer es lo único por contemplar hasta que el sueño regrese como de costumbre. Si respondieron si a la pregunta, les encantara la historia.
     Franco era hijo del dueño de unos departamentos en la Ciudad de México, no eran muy grandes ni tampoco tan miserables. A sus diecinueve años sabía como manejar las cuestiones financieras en el edificio. Se valía por si solo, no le gustaba ser una carga para la familia; quizá por esa razón disfrutaba de quedarse en aquel lugar, justo en la habitación 43, en vez de regresar a casa. Eso lo hacia sentir independiente. Además la escuela estaba más cerca del edificio que de su hogar.
     El portero de la construcción había pedido un permiso económico con el padre de Franco y este a su vez le había comentado a su hijo que se encargaría de vigilar el edificio el día sábado. Franco aceptó sin protestar, lo único que tenía que hacer era sentarse, recibir y repartir el correo, saludar a los inquilinos y dar información a los familiares de algunos de ellos sobre en que piso se alojaban sus hermanos o sobrinos.
     La tarea de la universidad, aunque poca, era demasiado extensa. Franco bajó entonces de su habitación a las seis cuarenta y cinco para abrir las puertas  y prendió el ordenador, así como el modem. Se sentó en la silla detrás de la barra de la recepción para abrir una soda y comenzar con los deberes. Su investigación acerca del sistema inmunitario innato iba a llevar bastante tiempo y era mejor avanzar a pasarse la noche del domingo en vela.
     Llegó el cartero con la correspondencia. Franco miró el reloj digital de la esquina inferior derecha de su computadora y se percató de que ya eran pasadas las nueve y solo había leído los comentarios de las redes sociales. Hizo una pausa para entregar las cartas y los paquetes a cada quien. Subió las escaleras y empezó con su labor. Primero una carta a la familia del 9, otra más para el departamento 14, un paquete tubular para el arquitecto del 16, otra carta el en departamento 23, un par de paquetes cúbicos para los del 32 y 33, y tres cartas al gringo que se alojaba en la habitación 40. Lo demás parecía normal para el resto de la mañana, lo extraño en ella era que una carta, sin remitente y/o dirección de entrega, estaba todavía en sus manos; había firmado la entrega sin revisar. El sobre era blanco, casi perlado. Franco sabía que el hecho de violar la privacidad en el correo, bien pudo haberla quemado pero también necesitaba saber si alguien en el edificio andaba en malos pasos.
     Era una carta aparentemente normal, de un papel blanco escrito con pluma fuente. La letra parecía impresa en la hoja, por lo estética que se notaba, pero las ligeras imperfecciones hacían notar que estaba escrita a mano.
     Franco comenzó a leerla, haciendo sonar las palabras en su mente, mientras bajaba las escaleras de vuelta a la recepción de la construcción. Iba con paso lento, para no tropezar y caer repentinamente.

Estimado lector.
     Comprendemos su inquietud al revisar este texto, más no justifica el hecho de leer estas palabras. Lo que aquí se plasmó solo puede ser controlado por los preparados, y bien sabemos que usted no lo es. Esperemos que tenga algo de decencia y no continúe leyendo puesto que la información que se proporciona en la parte media puede no llegar a ser de su agrado. Recuerde, no siga leyendo.

     Franco no tuvo miedo a lo que sea que dijese la carta. Echó una risa burlona al leer la advertencia en el texto. Haciendo caso omiso, prosiguió:

     Estimado Alfred Bernhard
     Lo que esta a punto de leer puede darle a su mundo un giro de 360°, le sugerimos, de la manera más cortes, que si no esta preparado no continúe con la prueba.
     Hic locus est ubi mors gaudet succurrere vitae. Esa es la frase-clave para comprender los misterios de las revelaciones. Tintas llegan y tintas quedan, pues lo que se plasma en todos los rincones de nuestra vida es algo peligroso, no debemos temer o termináremos sucumbiendo ante los horrores.

     Que extraño e inusual. Una carta que te dice que no la leas y que parece leerte el pensamiento, además de tener dos saludos cordiales. La verdad asusta un poco. Franco no se sentía intimidado, solo eran letras y papel. ¿Qué podría hacerle una carta?, ¿Cortarlo? Franco ya había bajado más de la mitad de las escaleras y estaba por llegar al segundo piso, continuaba leyendo la carta:

     Ahora que ha terminado de leer esta información le decimos a usted que tiene hasta que se oculte la luna para resolver el acertijo. De lo contrario, la asociación no podrá hacer nada en su auxilio. Es por eso que nosotros le sugerimos esperar si usted consideraba no estar preparado.
     Los ojos que han visto esta letra, han de ser los que descifren el acertijo antes del amanecer.

     -Tonterías –sonrió  casi blasfemando-. ¿Acertijos?, que patrañas –pero le entró la curiosidad-. ¿Para quién era esta carta?
     Franco estaba ya en la recepción del edificio y había vuelto al ordenador. Dejó la carta sobre el pasamano de la barra y se sentó para comenzar a leer algo que tuviese que ver con sus deberes; olvidó por completo la carta. Abrió un buscador. Rebuscó en su mochila la libreta en donde había anotado los parámetros a investigar, cuando la tuvo disponible escribió en su ordenador lo que necesitaba y múltiples opciones aparecieron a su vista.
     La carta bailaba a causa de la débil brisa que entraba por la puerta. Se sacudía.
     Franco estaba tratando de concentrarse en realizar su tarea pero, la verdad, quería investigar un poco más de la carta. Tomó la hoja, la cual se arrugó un poco, y buscó la frase para anotarla en el buscador. Una vez echó esto las opciones aparecieron.
     Abrió una página que tenía como titulo: “¿Qué significa: Hic locus est ubi mors gaudet succcurrere vitae?”. Parecía algo oportuno el echó de tener ese titulo.
     Franco estaba confundido, para que alguien enviaría una información que dijera algo como:

     Hic locus est ubi mors gaudet succurere vitae, es una frase en latín que, comúnmente, aparece en las salas de disección y en los departamentos de Anatomía Patológica, en donde se practican las necropsias,  para recordarles a los practicantes  de estas “artes” las reglas que han aprendido… Su significado en español sería: En este lugar, la muerte se deleita -o goza- de auxiliar a la vida… En la sala de disecciones, enseñando anatomía a los médicos del futuro mientras que en el segundo caso, se descubren los porqués del morir… Una de las obras más ligadas a esta frase es la pintura del holandés Rembrandt, cuya imagen fue titulada: La lección de anatomía del doctor Nicolaes Tulp…

     Franco dejó de leer. Vaya que la carta lo estaba poniendo tenso. Este tipo de cosas no le sorprendían pero le incomodaban bastante. “Aquí no vive ningún galeno, ni mucho menos un Alfred Bernhard”, pensó Franco con ambas manos sosteniendo la quijada. Volvió a leer la carta para tratar de entender el acertijo. Nada ni una pista para quien estaba dirigida. Se escuchó el soplido fantasmal del viento entrando por la puerta. Franco siguió con su tarea.
     El día había ido normal. Un poco de drama por parte de la anciana del primer piso, unas cuantas visitas para los nuevos en el edificio e incluso una queja. Un día como cualquier otro. Al llegar la noche la luna nueva solo dejaba apreciar un espacio redondo, negro, que inquietaba bastante a los niños pequeños haciéndolos creer que la luna había desaparecido.
     Eran las nueve de la noche y su ordenador estaba demasiado caliente como para continuar. Lo apagó. Se quedó sentado en la recepción leyendo una revista pero… la lámpara del centro comenzó a titilar. “Vaya lámpara, aún no la han compuesto”, se dijo tomando una silla para enroscar las bombillas flojas. Subió y, cuando estaba sobre ella, sintió que algo le corrió bajó los pies. Desconcertado, Franco miró rápidamente al piso. Enroscó la bombilla y comenzó a bajar… en ese momento la bombilla se apagó.
     Franco vio el resplandor cejador por lo que le ardieron los ojos por un par de minutos. Tuvo que subir de nuevo para retirar el foco dañado. Lo tocó con la yema de los dedos y estaba caliente, más que el agua hirviendo. Dejó que se enfriara un poco y lo sacó de su lugar. Quiso revisarlo para cerciorarse de que ya no fuese útil pero después de ver lo que vio deseo jamás haber hecho tal cosa. Uno gota de tinta escurría dentro de la bombilla.
     Franco se impactó al ver la tinta dentro de aquel objeto, echó una mirada a la recepción y la carta… la carta ya no estaba.
     Franco salió disparado en busca del papel, pudo haberse caído hacía donde él se encontraba trabajando pero no, nada. Ni debajo de la silla ni a un lado de la computadora o entre sus libros, nada. La carta había desaparecido. Sintió una picazón en el antebrazo, quizá por la preocupación.
     “Ignoremos esto”, trató de convencerse.
     Siguió trabajando por una hora, en lo que llegaba el velador, y subió entonces a la habitación 43. Estaba subiendo el segundo piso cuando escuchó el deslizar de algo, como el de una serpiente arrastrándose por el suelo. No había nadie. Franco no se inmutó por el sonido.
     Al llegar a su habitación giró la manija y abrió la puerta, solo para encontrarse con una gota de tinta deslizándose por el perchero. Sintió miedo, la verdad que lo sintió. Franco estaba empezando a asustarse cuando pensó que todo era broma de alguno de sus amigos.
     -Bien, bien, quien quiera de ustedes, bola de idiotas, fue suficiente –entraba a la habitación; revisó tras el sofá-. Se están cobrando las bromas en clase –miró por la cocina-, ¿verdad?
     Volvió a ver la puerta, la cual estaba abierta, cerrándose de golpe. Franco dio dos pasos hacía atrás. Entonces sintió algo en su espalda. Volteó. Fue horrible el susto originado por la pared. Volvió a ver hacía los muebles de la sala y encontró, sobre la silla individual, una hoja meciéndose de manera tétrica.
     Franco sintió una inseguridad enorme. ¿Un asesino lo estaba siguiendo o eran cuestiones más fantasmales?
     Se dirigió hasta la hoja de papel. Era la carta. “Pero, ¿cómo?”, se dijo con los ojos bien abiertos. La tomó entre sus dedos ya no había un texto completo solo parecía tener escrito un mensaje:

     Los ojos que han visto esta letra, han de ser los que descifren el acertijo antes del amanecer.

     Entonces se escuchó un sonido hueco que venía desde dentro de su habitación. Era como un lamento, lento y pronunciado, que le carcomió el alma. Decidido a escapar, decidió correr a la salida. Abrió la puerta y… casi cae al vació. No había más que negrura, una inmensa negrura, y su departamento estaba flotando en ella. No podía escapar. Entró a la habitación y cerró la puerta solo para continuar horrorizándose.

     Hic locus est ubi mors gaudet succcurrere vitae.

     La frase estaba escrita con tinta negra sobre la contracara de la puerta. “Este es el lugar… en donde la –temblaba del pánico-… muerte”, pensó en su cabeza.
     Franco no recordaba que decía la carta. Intentaba hacerlo pero no lo conseguía. Estaba en pie, viendo hacia su habitación, cuando de repente la tinta comenzó a emanar debajo de su cama. El horror fue inminente. Franco se desesperó tanto que intentó cubrir el paso del fluido con los muebles. La tinta pasaba. Franco acomodaba más cosas. La tinta escurría entre ellas. Franco tropezó. La tinta casi lo toca. Tuvo suerte de quitar su mano a tiempo y correr.
     Estaba en la cocina para cuando un pie hecho de tinta cruzó el marco. Era horrible. Un hombre que escurría por todas partes. Franco pensó en aventarle agua pero al abrir pudo notar que también salía tinta del grifo. El hombre logró agarrarlo entre sus pegajosos brazos. Franco luchaba por salir. El hombre de tinta intentaba abrirle uno de sus parpados. Lo consiguió. Franco luchaba por resistirse pero la tinta era fuerte. Entonces, el hombre de tinta le puso la mano en el pómulo y la tinta empezó a avanzar hacia el ojo. Franco logró zafarse y se limpio rápido la cara.
     Corría velozmente  hacía la salida con la tinta, en forma de charco, siguiéndolo. Sin duda así era más fácil para ella alcanzar al muchacho. Franco abrió la puerta y esperó la tinta. La tinta se volvió hombre nuevamente y no dio un paso más.
     Franco intuía que la tinta no se acercaría; así no podría hacerla saltar al vacío.
     La tinta y él permanecieron de pie. Mirándose –aunque la tinta no tenía cara u ojos- comprendieron que ninguno de los dos avanzaría. Franco se quedó sobresaltado al sentir la epifanía corriendo por su cerebro:
     -Lo he entendido.
     La tinta extendió su brazo para agarrar a Franco, pero él ya había saltado al vacío.
      El cuerpo de Franco se sobresaltó. Estaba tirado en el suelo de su apartamento. “Me desmaye”, se dijo al ver la hora en el reloj de pared. Eran las tres de la mañana. “Pero que sueño tan más loco”. Se dirigió a la cocina por un vaso de agua. No dejaba de cuestionarse si todo había sido realidad o solo un sueño. Decidió olvidarlo y creer que la sugestión le había hecho soñar aquellas cosas. Se fue a la cama.
     Pasaron una y dos horas y no podía dormir. El sol estaba por aparecer en su ventana y se sentía orgulloso por haber resuelto el acertijo.
     Franco no podía dormir. Parecía haber hecho ejercicio en exceso, su cuerpo rebosaba de energía. Con el insomnio que no le dejaba pegar los parpados decidió revisar su perfil. Encendió el ordenador y abrió las páginas que buscaba.
     Estaba checando el muro de una chica linda que parecía gustarle. Iba por comentar una foto de ella cuando la computadora se apagó. Franco se sobresaltó en la silla, y rápidamente rebuscó su celular para iluminar la habitación. No había nadie.
     La pantalla de la computadora se volvió de un negro brillante y de repente tenía colores en ella. Estaba prendida. Al parecer se había reiniciado sola. Franco se quedó quieto. Solo era una pantalla normal, común y corriente. Se abrió la red social como si lo hubiera ordenado con la mente y apareció la foto de la chica linda. Franco tomó asiento lentamente, revisando su alrededor. Él esperaba que algo saltase de la pantalla pero no fue así.
     Franco se quedó paralizado al escuchar un caer detrás de él. Además sentía calor por su cuello, solo por el lado izquierdo. Las manos le temblaban. Su pulso estaba acelerado. Con la cabeza quieta y la mirada curiosa, miró sobre su hombro que era lo que le ocasionaba una leve presión. El horror fue instantáneo y volteó por completo la cabeza.
     La mano en s hombro llevaba hasta un cuerpo oscuro detrás de él. Solo vio una sombra negra y escuchó un tronar. Un fuerte dolor repentino fue percibido y seguido de eso… nada más.
     Pasaron un par de horas y el amanecer llegó, iluminando el cuarto. Todo en la habitación era silencio. Un silencio sepulcral se percibía. Un papel tirado por el escritorio dejaba apreciar:

     No, no lo entendiste. Mi trabajo era mostrarte los secretos, pero tu temor te condujo a actuar de manera instintiva. Yo soy “la tinta”, una media verdad. Mi hermano, la bestia, se encarga de los no tan preparados.

     Los vecinos llamaron a la puerta miles de veces pero como el chico no abría decidieron derribarla. Una niña gritó llorando horrorizada. Un señor aguantó las ganas de vomitar. Una anciana solo se tapó la cara. Franco estaba muerto con la cabeza viendo al techo y el pecho tocando el teclado de la portátil. El cuello rotó de manera brutal parecía decolorado, como ausente de la tinta vital.
     La policía llegó a la escena del crimen y comenzaron con el trabajo pericial pero… no había asesino. Ningún rastro de armas, de células muertas, nada. Era el crimen perfecto. La única evidencia era una carta con un texto extraño que el comandante leyó haciendo caso omiso de las advertencias. Algo que no pensó es que tenía al asesino en las manos; al de Franco y el que sería el suyo.