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sábado, 24 de marzo de 2012
Touch, una serie potencialmente "variable"
Una fabulosa producción a cargo de Tim Kring reconoce al mundo, y al universo, como una conexión mística. Con los actores Kiefer Sutherland, David Mazouz, Gugu Mbatha-Raw, Danny Glober se inicia el primer episodio de la serie estrenado ya hace una semana en la cadena FOX en horario estelar (22:00 hrs). La nueva y prometedora serie de FOX pueden verla los Lunes en horario estelar, y si no son tan buenos con su memoria como yo, tambien pueden esperar las repeticiones que transcurren en la semana; aquí el trailer promocional de la misma.
Malleus Maleficarum
Los gritos
empezaron a escucharse por todo el pueblo. Ese día trece daba la impresión de ser tan
tranquilo y sereno que nadie se imaginó de lo que estaba por suceder durante la
caída del sol. Elly Zugarramurdi estaba con el joven Arthur en su hogar, muy
pálido y macilento, cuando tumbaron la puerta principal tres hombres fuertes
que impusieron su presencia al verla realizar la peor de las atrocidades. El
ruido la impresionó tanto que se vio sobresaltada sobre la silla adjunta a la
cama a la par en el que sus cuencas extrañadas rebuscaban desorientadas alguna
explicación de aquel evento. Ninguno de los hombres se dignó a cruzar palabras
con ella, pues con lo poco que habían visto bastaba, para ellos y para
cualquiera, para someterla. El más grande y barbudo la tomó estrujándola con
sus recias manos y le dio la vuelta mientras ella luchaba por pedir alguna
explicación, lo único que obtuvo fue una soga al cuello por parte del otro
caballero con la armadura sucia de sangre e impregnada de hollín. El tercer
caballero sacó al joven Arthur de la casa pues solo era la victima de las
atrocidades por parte de la mujerzuela y sería necesario para el juicio de las
demandadas.
A Elly le empezó
a irritar la soga que llevaba al cuello pero no se arrepentía de lo que había
estado haciéndole al pobre Arthur; solo ver por la ventana le revelaba el final
que estaba por alcanzar cuando notó los troncos siendo reunidos en la plazuela
del pueblo: la quemarían viva, en la hoguera. Meses antes le habían advertido a
Elly Zugarramurdi, una compañera de común interés, que dejara sus prácticas en
pausa por algunos días pues había escuchado de algunas otras que empezarían a
ser perseguidas: “Si tu quieres puedes dejar de hacerlo, pero yo lo defenderé
hasta que me convierta en cenizas.”, le había dicho muy firme con la esperanza
de que su compañera no desistiera. Empezó a forcejear con el cuello, después el
cuerpo entero, pero solo terminó por
enrojecer la piel de sus muñecas. Lo intentó nuevamente con tal de no darse por
vencida y recibió una cachetada por el que llevaba la soga argumentando que las
mujeres deberían de obedecer a los hombres, puesto que había un Dios no una
Diosa.
A Elly le ardía
la cara a causa del bofetón por la inmensa mano del caballero. Al salir por el
umbral notó la gente aguardando para verla y Elly pensó que las cosas
empezarían a dar un giro benévolo pero sus especulaciones acabaron al llegarle
el montón de burlas, los tomates ensuciando su ropa y los escupitajos de la
vecina que más la detestaba, quien no soportó la ansiedad de decirle con una
sonrisa macabra y despotismo: “Al fin hice que te fueras de aquí.”. Fue
entonces cuando Elly comprendió que las acusaciones en su contra venían de la esposa
del mercero a causa de los celos que le provocaba que su marido se fijase más
en la actitud de Elly que en la belleza incalculable de ella. Las mujeres son
capaces de hacer lo que sea con tal de defender lo que es suyo y un marido no
es la excepción, pero Elly no tenía la más mínima intensión de sonsacarle el
esposo puesto que estaba más enfocada en
sus actividades prohibidas aunque los celos de la esposa la cegaron tanto que
cometió un crimen peor que la misma Elly ante los ojos del Divino Verbo.
La madre del joven Arthur la veía sufrir
entre la multitud. Elly le clavó la mirada esperando en ella una última
oportunidad para acabar con el malentendido a lo qué la mujer robusta y de
caderas amplias solo supo apretar los labios y limpiarse las lagrimas mientras
se alejaba pensando: “Si la defiendo me… No puedo dejar solo a Arthur”. La
principal prioridad de una mujer será mantener a gusto a su familia porque
ellas saben el verdadero significado del sacrificio y justo por esos motivos
una mujer fuerte como la madre de Arthur no podía dejar a su hijo moribundo al
azar del destino. Para la pobre de Elly no eran buenas noticias que la única
mujer que apoyaba su causa le diera la espalda de esa forma pero luego lo pensó
por un instante y se dio cuenta de que hubiera hecho lo mismo de estar en su
lugar.
Un fuerte tirón
de la cuerda le hizo a Elly sentirse ahorcada, y es que la gravedad había
conspirado en su contra junto con el caballero barbudo de yelmo ausente para
hacerla caer en el empedrado de la avenida frente a la mesa de uno de los
jueces. Las manos de Elly estaban tocando el suelo mientras su cuerpo frágil
trataba de ponerse en pie, tenía las piernas dobladas y la cadera algo torcida
cuando vio a un hombre de armadura misteriosa sentado por detrás de una mesa
con algunos expedientes.
-Esta es la
hereje, señor.
La voz parecía
venir detrás de Elly y el único a sus espaldas era el caballero barbudo que no
se dignaba a verla a los ojos. Elly no se sentía inferior a ellos. Trató de
ponerse en pie pero el abominable hombre la hizo caer cuando le puso el pie en
la espalda. Los cabellos de Elly sentían el roce de la punta del escarpe sobre
su cabeza y pensó un rápido movimiento para retirarlo, pero la audacia de la
mente de Elly solo se vio opacada mediante la fuerza bruta del hombre. En aquel
entonces las mujeres eran tan inferiores que a Elly le repugnaba la idea de
casarse y verse sometida mediante un crio ebrio cuya única manera de mostrarle
afecto fuera tratarla como alguien insignificante. La opresión que sufrían las
mujeres era un cliché social aceptable mediante la creación de leyes que
protegían a los maridos perversos poniendo a sus pies a las aún incomprendidas
damas; por supuesto no todo era amargura y maltrato pues también existían aquellos
que las amaban y trataban como su igual, pero eran pocos.
-Elly Zugarramurdi
–dijo mientras llenaba una de las planchas en su escritorio con los generales-,
se le acusa a usted, al igual que a muchas otras, de demonolatría y prácticas
herejes que van en contra de los preceptos de la Santa Inquisición.
Elly bien sabía
de qué podrían acusarla y los frascos y recipientes llenos de sangre de Arthur
solo serían el pretexto perfecto para condenarla al inmediato, entonces se armó
de valor y desde el suelo apretó los dientes y pareció escupir las palabras por
lo iracunda que se encontraba:
-Nun-ca-hi-ce-na-da-ma-lo…
El caballero le
quitó el pie por órdenes del hombre sentado en la mesa. La tomó de las greñas y
puso su cara frente al Inquisidor mientras Elly forcejeaba por quitarle las
manos encima.
-¡Llévense a la
mujerzuela, atenla en la hoguera!
El caballero de
estatura media con azules ojos traidores y cicatrices de arañazos recientes
lograba percibirse iracundo al tener que verla a la cara. Ella era una
blasfemia para él, pero para Elly Zugarramurdi el verdadero sacrilegio lo
cometían todos esos caballeros. Era increíble. Muchos pensarían que se trataba
de la lucha de la Iglesia contra las religiones paganas pero ni una mujer se
atrevía a poner un pie en las puertas de algún Inquisidor sin el temor de convertirse
en una acusada; parecía más una lucha de géneros, hombres contra mujeres
probando quien podía ser mejor en el mundo, y los niñatos de barbas viriles
llevaban la delantera.
Lo cierto era que
ambos eran importantes. No podía existir uno sin el otro. Pero había algo en la
condición de la mujer que los mismos hombres envidiaban. Nacía, se convertía en
doncella, luego en esposa, pero lo más místico era que tenía la capacidad de
convertirse en Diosa al quedar impregnada de amor, y eso fue lo que en parte disgustó
a Clemente mientras se ponía la venda en los ojos olvidando así a la que había
sido la Madre María. Los caballeros nunca analizaron eso, solo seguían las
ordenes de un viejo malhumorado que controlaba el imperio mejor estructurado de
todos. Pero dentro de ellos había uno en especial, uno que vio a Elly desde las
sombras y siguió sus pasos hasta la hoguera en donde sería quemada cuando todas
las traidoras estuviesen reunidas.
Estando en la
hoguera sintió el frio de la madera y no
le importó reconocer de qué clase se trataba puesto que solo le quedaban horas
de vida y prefería enfocarse en decidir como salir de aquel lugar. La oscuridad
era parcial y no se veía detrás de la hilera de hogueras que llenaban la plaza,
la compañera de práctica de Elly también estaba allí, y mientras Elly se
quedaba viéndola sabiendo que ambas tendrían el mismo destino sintió un tirón
en las muñecas y después de eso las sogas se deslizaron por el tronco
haciéndola libre.
Elly estaba por
irse cuando recordó a Anne-Marie Saunière, su amiga incondicional de todas
horas, atada a unos cuantos metros. No podía dejarla solo, una verdadera mujer
no lo haría. Así que corrió a prisa hasta estar detrás de Anne-Marie quien con
sumo cariño y sumida en sus pensamientos de empatía le dijo:
-Sálvate, no
tiene caso que te encuentren por mí.
Elly no escuchó
las palabras y terminó por liberarla en unos cuantos minutos. Había perdido dos
uñas a causa de eso pero era un sacrificio menor que podía correr por una amiga
como Anne-Marie. A Anne-Marie pareció no importarle el hecho de quedar en
libertad y Elly comprendió en parte el secreto que aguardaba su mirar doloroso:
algo malévolo acechaba el ama de Anne- Marie. Elly no la cuestionó acerca de
los motivos y la tomó del brazo para que ambas huyeran fuera del pueblo.
Pasaron por la avenida principal y Elly notó al extraño caballero que la había
visto con mucho interés asintiendo con su cabeza por lo que se confundió para
luego entender que había sido él quien la había liberado. Pasó por la que era
la casa de Anne-Marie y vio el cuerpo sin vida de su esposo, entonces
comprendió la debilidad de Anne-Marie quien corrió hacia el bulto sangrante tumbado
en el pórtico; Elly no supo si dejarla perdida en su fantasía de volverlo a ver
con vida a su marido o llevársela muy lejos y que jamás hubiese tenido al
oportunidad de sanar ese doloroso recuerdo con un ultimo soplido de amor. Al
parecer el marido de Anne-Marie la había defendido de los Inquisidores y por
ello encontró la muerte en un instante después de batirse a golpes con uno de
los caballeros con tal de salvaguardarla.
Para Anne-Marie
no pasó el tiempo al acariciar el pecho de su ex amante, su cuerpo aun estaba
cálido pero quizá era por las casas en llamas a causa de todo el ajetreo. No
lloró, no por un momento, pues el dolor era tan grande que se ahoga en su pecho
y le inundaba los ojos sin derramar una lagrima. Sollozaba en silencio y pasaron
unos segundos hasta que recordó a Elly aguardando su destino. No podía
permitirse elegir entre Jaques y Elly, no en vida; sin uno de ellos la decisión
fue dolorosa pero necesaria para la sobrevivencia de ambas. Dejó a Jaques
tumbado en la acera pero le besó la frente y le puso su anillo de bodas antes
de partir, fue entonces que la única lágrima que pudo escapar confirmó el amor
eterno entre Anne-Marie y Jaques.
Elly vio los
troncos secos a la lejanía y de repente el fuego abrazador bailando un vals de
viento que alcanzaba a iluminar algunas de las casas del frente. Se escucharon
los gritos de algunos caballeros y el viento le trajo las malas nuevas.
-¡¿Dónde esta la
sanguinaria bruja y la tal Marie?!
Ambas corrieron
entre la poca gente que no presenciaba la hoguera masiva de las brujas del
poblado. Los gritos de la tortura carcomían el alma a quien era receptor del
sonido. Era como el chillido de varias mujeres unido en una solo sinfonía de
misericordia, un alarido desesperado por salir de las brasas e inclusive una
reminiscencia del yugo masculino contra ellas.
Elly Zugarramurdi
y Anne-Marie de Saunière salieron del pueblo para nunca más volver. Tomaron
caminos y envejecieron con gracia en algún lugar lejano de la tierra. Ninguna
de las dos volvió a ejercer la medicina o intentar la primera transfusión de
sangre para no ser consideraras una abominación, aunque el Malleus Maleficarum
siempre las consideraría unas brujas.
Historia de un apellido triste
Yo era apenas una
delicada caricia y un apasionado beso entre dos amantes cuando las cosas
empezaron a ponerse tensas entre los dos antiguos rivales. El Este se volvería
mi hogar y por tanto tendría que defenderlo a cualquier costo; mi lealtad
siempre sería de los Ofiuco. Y es que cómo dedicarle tu vida a los Gaudette si
desde que conseguí los oídos en el vientre de mi madre no he parado de escuchar
aversiones sobre ellos.
Mi nacimiento se
vio opacado por la toma de una de las ciudades fronterizas que chocaban contra
la inmensa muralla que dividía a las dos naciones, fue entonces que la gente
comenzó a llamarle Tierra Brava a toda extensión que se viera inmediatamente
adjunta a la división de piedra. Todos pensaron que nacería al atardecer pero
la noche fue la primera en cobijar la mansión de mis padres al yo dar mi primer
llanto de vida. Mi madre no tenía intención de descansar hasta saber algo de mi
ausente padre, quien estaba con los demás miembros del consejo tratando de
evitar que las cuestiones se salieran de control. Mi padre regresó a los pocos
días de haber nacido trayendo consigo un cansancio inmenso pero nada más grave
que unos raspones en el brazo y algunos moretones en el torso.
Ambos eran tan
amorosos que preferían pasar las noches en vela arrullando mi frágil cuerpo a
dejarme a cargo de alguna de las múltiples sirvientas que trabajaban para
nosotros. Creo que yo les correspondía, pues eran pocas las veces en las que
despertaba de madrugada, o eso me contaron después.
Dabolen era en aquel entonces el maldito
avaro que pretendía conseguir más de lo que podía controlar; quería regodearse
en la gloria absoluta cual cerdo en el chiquero, lo malo de todo el asunto era
que su necesidad de poder no medía más que los propios intereses. Para mí fue
una suerte del destino nacer quince días antes de su primogénito: Diallo
Gaudette, quien, al igual que yo, iba a ser favorecido con las herencias
familiares aunque criado con una distinta ideología que marcaba jerarquías y
dejaba a un lado la igualdad entre todos los hombres.
¡Que bueno que nací bajo el apellido
Buenalma!, porque estoy totalmente seguro que mi persona no hubiera podido
soportar toda esa desigualdad y terminaría como uno de los Longstaff:
abandonando el linaje y las riquezas por hacer lo correcto.
De niño siempre
seguí el claro ejemplo de mi padre: un hombre honesto, educado, cordial y
sonriente que le alegraba el día a los demás con solo cruzar con su mirada. Él
me enseñó el manejo de la economía, un poco de ciencias políticas y leyes no
estaban de sobra, además de la siempre destacada literatura. Crecí y me volví
un discípulo de la rectitud, de Su rectitud, la rectitud que había inculcado mi
padre en mí. El nombre de Dimitri Buenalma empezaba apenas a llegar a los oídos
del pueblo cuando cumplí los quince años, y todo por ordenarme en el consejo
del cual mi padre era un miembro destacado y en el que no hacía más que el
humilde, pero necesario, trabajo de secretaría.
Era la
adolescencia un martirio para mí puesto que no conseguía hablar con la chica de
delicados cabellos rizados de tono caoba que desprendía la esencia de gardenias
en su caminar. Su nombre causaba el impacto que ella te ocasionaba al verla por
primera vez: Salomé. Era la más bella entre todas las jóvenes del Colegio de
las Antiguas y Finas Enseñanzas y ninguno de los hombres podía, por lo menos,
no voltear a verla. Nunca pude hablar con ella; mi timidez era inmensa con Salomé
pues no quería verme como el ridículo crio que fuese rechazado por una doncella
de semejantes proporciones. Y gracias a la causalidad conseguí a cambio algo
mejor, solo que tardé tiempo en darme cuenta de que la que sería mi más valiosa
posesión se encontraba absorta bajo la tapadura de los libros de ciencias
alquímicas.
Era recatada y parecía disfrutar del
silencio que conseguían los libros, aunque ese solo era el delicado velo de su
comportamiento puesto que bajó su finura y propiedad inculcados por la escuela
se encontraba una mujer cuyo carácter irónico nunca pude llegar a entender; y
eso fue lo que tanto me ha tenido enamorado de ella. Su cuerpo siempre delgado
y su estatura solo un poco más baja que la mía, fueron un atractivo que pasé
por alto al encontrar sus verdaderos gustos: prefería correr y ensuciarse que
levantar el menique al momento de sorber un poco de agua, le fascinaba la moda
como a toda mujer pero no vestía de manera rimbombante a menos que la ocasión
lo ameritase, su comer tan ambiguo que pedía solo una bandeja de magdalenas en
vez de algo mas lujoso como un buen corte de res o algo de caviar me hicieron
ver que nunca escogería a mi amor pues él me había guiado hasta Ángela.
A mis diecisiete
años Ángela fue la única en ser mi soporte al acaecer mi madre, quien después
de varias semanas en cama y algunos medicamentos de intravenosa hubo dejado su
inmóvil cuerpo sobre la cama de dosel en la misma que me había mostrado el
mundo por primera vez. Y pensar que horas antes de la hiriente noticia yo veía
a Ángela solo como una fiel amiga, aunque después de sentir sus suaves manos
entrelazando las mías y mirándola a los ojos por el extraño gesto, comprendí
que sus pupilas me lanzaban un brillo diferente al que lograba percibir de los
demás. Fue entonces que descubrí que
Ángela estaba enamorada de mí, y mi memoria me trajo los alegres recuerdos de
las tardes en las que disimulando nuestro atracción por el otro dábamos a
entenderle al viento los recónditos pero firmes sentimientos de sutil amor. Si
bien me dolió el perder a mi madre y no poder volver a verla otra vez, el vacío
no lo sentí tan profundo pues sabía que Ángela estaría junto a mí de ahora en
adelante.
Quizá las cosas
no fueron perfectas como todos lo deseamos… aunque me hubiera agradado que mi
padre no hubiese muerto el día de nuestra boda. La fiesta se suspendió mientras
cambiaba los manteles blancos y las copas de champagne por los trámites de
defunción y el ataúd de encino. Apenas habían pasado cinco años desde la muerte
de mi madre por una extraña causa y mi padre le seguía los pasos hasta que
descubrí el envenenamiento por Cianuro, que le fue depositado en uno de sus
panques de almendras del desayuno; quizá el inconfundible olor amargo de las
almendras le hizo ingerir bocado tras bocado de solidos blanquecinos sin que se
diera cuenta y todo por la tiranía de uno de sus rivales en ganar algunas
acciones de la compañía... Hasta el día de hoy pienso que los Bisoño han podido
cultivar sus falsos campos de fortunas gracias a lo aberrante de sus acciones
pero en ese entonces solo eran especulaciones mías y la policía no hizo más que
tocar las trompetas y quitarse el sombrero en el cementerio de la familia.
Después de pasar
esos sabores amargos y aquellos extraños padecimientos junto a Ángela nunca más
volví a dudar que ella fuese la otra mitad que siempre había buscado. Me casé
en una de las mansiones que mi familia había dejado a mi nombre e invité a los
miembros de mí amado consejo que siempre fueron como mi segunda familia. Si
bien tarde un par de años en regresar a las reuniones, pues la silla vacía
junto al inmenso sol me hacía recordarlo a él, nunca dejé a un lado mi lealtad
hacía los Ofiuco y menos ahora que las erupciones de traición estaban tan de
moda que los poblados enteros empezaron a desmoronarse por la desconfianza.
Desde los
veinticuatro hasta los treintaicinco la vida pasó sutil y marcando pautas
importantes. Siempre quise concebir un hijo con Ángela pero nos fue difícil por
la fría y seca esterilidad de alguno de nosotros; no era imposible pero la
posibilidad casi nos resultaba milagrosa. Quería alguien a quien pasarle mi
conocimiento, mis riquezas, pero nunca dimos en el clavo hasta aquel espontaneo
momento romántico que surgió después de la cena del cumpleaños de Ángela el
catorce de Enero. ¡Tendría un hijo! Y vaya que suerte para mi descendiente,
pues un Ofiuco estaba por nacer aproximadamente en Marzo.
Traté a Ángela
como a una diosa, pues mi reina ya lo era, cuando mi sangre y la suya se encontraron
mezcladas en su vientre; era la sensación más hermosa que llegué a
experimentar. Por su parte ella era inquieta y de vez en cuando se escapaba de
mi vista para pasear por la ciudad en uno de los automóviles mostrándole a
nuestro hijo los andenes del boulevard o los plantíos de lavanda a las afueras
de la ciudad.
Todo me cambio el
día que conocí a Octavio, el hijo de Katherine, Octavio Ofiuco quien había
nacido un quince de Marzo, dos días antes de aquella tarde. Al llegar a verlo
mi Ángela se encariñó con él bebé que sus ojos demostraron un brillo cálido y
maternal mientras yo me ilusionaba con la idea de estudiar la postura para
cargar a mi futuro hijo. La sonrisa en ambos fue inevitable ante los ojos
grises que nos penetraron como la confirmación antigua de que él era un
Heredero y tenía su marca, aunque quizá nuestros sentimientos fluyeron de
manera inconsciente al pensar que dentro de poco estaríamos igual que
Katherine.
De tanta emoción
mi corazón me ordenó obsequiarle una pequeña parte de mí a Octavio quien nunca
antes me había conocido pero la frágil figura envuelta en una manta verde, era
tan adorable y ajeno a los problemas en lo que la sociedad se veía inmersa que
parecía incluso la clave para todo.
Estábamos en el
despacho cuando… ocurrió. El fragor de las carretas huyendo y los disparos por
doquier hicieron que entráramos en acción al inmediato. Venían por él, por la
figura inmaculada del Heredero solo para asesinarlo y cerrar cualquier
posibilidad de derrota para Diallo –pues su padre estaba tan viejo que le había
cedido los honores-.
Ángela actuó al
inmediato. Salió al pasillo y yo intenté detenerla pero volvería pronto así que
la dejé continuar, al volver traía consigo un jarrón, un busto y un florero,
además de tres frazadas verdes semejantes a las de Octavio. Bajamos las
escaleras toda prisa. Maximiliam iba al
frente, Katherine y Octavio en el medio y, Ángela y yo cuidando las espaldas de
todos intentábamos evadir las dagas voladoras que cruzaban apresuradas por
nuestros costados. Y fue entonces que ella se adelantó al ver el umbral
aproximándose pero… Yo no quería que lo hiciera… La sujeté del antebrazo lo más
que pude pero se liberó de mis manos para evitarlo. La daga voló frente a ella
y mis ojos se sumieron en el dolor. La vi en pie y pensé por un momento que
todo estaba bien. Dio dos pasos titubeantes y creí que las cosas no habían sido
las que yo intuía, pero la verdad era otra. Cuando vi la sangre derramarse por
su vientre ya le había traspasado mi dolor al desgraciado que hozó lastimarla…
Ya no había posibilidad de vida en ella.
Me quedé en pie.
El dolor en mi puño derecho ni lograba percibirlo por el inmenso abismo que se
formaba en mi pecho. Los gritos de todos resonaban. La habitación no tenía
salida.
La sangre brotaba sin prisa pero a grandes
cantidades manchando el piso de mármol, dibujándome una escena espantosa. Me
mareé un momento por el impacto de lo que mis ojos veían y me vi perdido en
ella: Ángela… mi único y verdadero amor. Mis ojos voltearon al sangrante
vientre: hogar de mi hijo sin nacer… el único capricho de mi vida.
La miré y vi sus
ojos tan vivos como aquella primera vez de conocerle. Estaban relucientes y
parecían serenos aunque las cosas no eran como esos vitrales me lo dibujaban.
Escuche su voz y sentí un tirón en mi espalda que me arrastró por un pasadizo
secreto mientras mi conmoción trataba de digerir la noticia…
Ángela, Ángela,
¿Dónde estas mi Ángela?... Nunca debí dejarte sola en aquel lugar. Hubiera
preferido morir contigo antes de pasar la vida sin ti.
Los demás me
sacaron de allí por mi propia seguridad y bajo las ordenes de mi esposa... Vi
partir a Octavio hasta el otro plano con Katherine y su guardián. El desastre
bélico estaba apenas por desatarse… pero yo estaba más concentrado en mi dolor
que lo único que pude obsequiarle esa tarde a nuestro Heredero fue una lágrima
de despedida.
Una nota que fue de amor
Era una cálida
tarde de otoño en el campo. El sol estaba por desaparecer a la lejanía y le
regalaba sus últimos rayos de luz al hogar erigido entre la alfombra de césped.
Los terrenos solo se veían limitados por un muro que bordeaba la casa a varios
metros de ella, sin embargo los propietarios decidieron que lo esencial debía
sobresalir de entre las banalidades.
La débil luz del
crepúsculo se colaba delicada por una de las ventanas de cristal en la estancia
de aquel lugar. Los rayos iluminaban de manera tenue el decorado para nada
ostentoso de la sala de estar; los tonos celestes de la pared, alguna que otra
pintura o busto, el piso de madera, los muebles y cortinas en color beige permanecían
estáticos.
Un plumero se
sacudía por una de las esquinas del reloj de péndulo. La mucama estaba en su
trabajo cuando escuchó unos pasos que se acercaban desde el pasillo del
dormitorio. A la mujer del servicio le vino un sentimiento que le enfrió el
pecho por lo que detuvo el plumero y salió con la cabeza gacha hacia la cocina.
En ese instante, alguien apareció entre el umbral.
La dueña de la
casa entró en la estancia. Camil era el tipo de mujer de carácter reservado y
de la que su poco interés en los accesorios hacía notar que prefería lo sencillo.
La holgada blusa de amplias mangas que llevaba puesta, bailaba entre el viento
delicadamente a la par de su pantalón negro. Su andar sutil emitía un leve
golpeteo en la madera.
Camil, entre el
arco, observó como la luz entraba por las ventanas laterales bañando así los
tres muebles y la mesa de centro, los cuadros de la pared estaba tan quietos
como siempre que ni siquiera los miró de reojo, escuchaba como el péndulo del
reloj marcaba el paso del tiempo por su izquierda y al voltear a la derecha
pudo notar las dos palmeras que protegían los costados de su más valiosa
posesión: el piano. El instrumento de cola, de un brillante negro exquisito a
la vista, era el único y más importante lujo para ella. Siempre afinado y
perfecto.
“No me vendría
mal relajarme con una pista”, se dijo tomando rumbo hacia su preciado
instrumento.
No dio más de
tres pasos cuando pudo notar algo extraño sobre la caja de resonancia. Al
acercarse se percató de la nota de papel doblada a ala mitad que en una de sus
caras resguardaba la firme letra de Miguel. Tomó la opalina entre sus dedos
para poder leer el mensaje que contenía.
“Camil” -podía
leerse de la tinta negra sobre el papel.
La nota estaba
sobre el piano por algún motivo especial, así que sin demoro desdobló la nota
para comenzar a leer el breve recado que le había sido dejado.
“Quizá esta no
sea la manera de decirte algo tan importante –Camil solo contrajo sus ojos-, y
yo lo sé, pero no he encontrado el momento para decírtelo. Hubo momentos magníficos entre los dos, es solo que las cosas no son
lo que solían ser. Estos dos últimos años me he sentido tan ajeno a ti, por lo
que me he pasado las tardes pensando qué sería lo mejor y no obtengo otra
respuesta que el dejar las cosas en paz. Me iré Camil. Yo sé que eres una mujer
fuerte y comprensiva y entenderás mis razones, y sobre todo, no pensaras que
alguien te sacó del sitio donde estabas.
Adiós.”
Camil se quedó
quieta por un momento, quizá digiriendo las palabras, y luego dejó la nota en
donde la había encontrado. Se sentó en el banquillo del piano muy tranquila y
comenzó a tocar una de sus melodías favoritas, una creación suya llamada
“Aquella tarde de Abril”.
Los dedos de
Camil se mecían sobre las teclas con suma maestría. Respingaban las teclas
haciendo sonar unos acordes sencillos pero encantadores. De repente, los dedos
pasaron a acariciar las partes blancas y negras y el ritmo se volvió más
pausado. Dichosas las mucamas que escuchaban aquella pista.
Mientras los
dedos disfrutaban del paseo musical, la melodía traía consigo los recuerdos
desde el fondo de sus pensamientos. Una débil
sonrisa asomó al rostro de Camil, pero era una sonrisa tan poco esbozada
que solo el propio Miguel podría haberla reconocido.
A la par de la
melodía la dueña del piano se vio sumergida en sus recuerdos. Su rostro era tan
firme que parecía estar concentrada en los acordes, aunque en realidad era la
música la que le guiaba. Estaba concentrada en tocar pero sus pensamientos
empezaron a ser más vagos al grado de recordar a un Miguel juvenil, de unos
veinte años, salpicándola con el agua de la piscina de aquel hotel en el que
ella se hubo hospedado para ofrecer su primera presentación en un cercano
conservatorio. Los ojos de Miguel parecían tan iluminados y felices que le
recordaron otra escena, aquel viernes de Abril en el que cenaron juntos por primera vez. Los ojos de Miguel estaban
tan concentrados en ella que a Camil le enamoraron irremediablemente.
La pieza musical
estaba tan perfecta, parecía incluso acariciar al viento.
Los recuerdos
avanzaron lentamente hasta aquel momento en que el velo acaricio sus mejillas
para descubrir sus labios al que sería
su esposo… Los ojos de Camil se
dirigieron a los dedos que brincaban sobre las teclas del piano, la melodía
seso y los anillos que hasta hace unos momentos encontraban su lugar entre sus
dedos reposaban ahora sobre la nota que eran lo último que Miguel había dejado en
aquella casa.
La música
continuó hasta muy tarde aquel día, mientras los últimos rayos de luz
iluminaban los anillos y la hoja blanca sobre el piano sin que ella los mirase
mas que una vez al ponerse en pie para dirigirse a su habitación.
Al subir las
escaleras sus pasos hicieron eco entre las paredes, contrastando con el silencio parcial que guardaba la
recamara en penumbras. A pesar de no detenerse a observar su habitación no pudo
evitar percatarse de la ausencia de aquella persona cubierta con la mitad del
edredón y la luz inusualmente apagada del lado izquierdo de la cama. Camil
encendió la luz del baño y conforme empezaba a tomar las prendas de dormir notó
los pequeños cambios en el gabinete; ya no había más navajas de afeitar o esas
colonias que llenaban con su aroma el pequeño espacio en la pared.
Aunque la
nostalgia no llegó a invadirla, al entrar en la habitación un pequeño y fugaz
aire de soledad sopló en su pecho y la única lágrima que podría haber derramado
fue suprimida al darse cuenta de la poca importancia de Miguel en su vida…
Las pocas horas
que faltaban para el concierto estaban siendo ocupadas por el último trámite
para el divorcio. Habían pasado algunas semanas y los medios parecían
deleitarse con la tragedia que sacudía al matrimonio de la magnífica
intérprete, aunque a ella no podía importarle menos. Si bien Miguel y Camil no
sentían odio entre ellos, solo se veían como extraños muy cordiales ante la sorpresa delos abogados
de ambos y el juez.
Algunos reporteros delas mejores revistas dedicadas a
la música clásica, en las que Camil había aparecido una o dos veces, aguardaban interesados a las puertas de
juzgado con tal de conseguir algunas palabras acerca del suceso. Camil salió
decidida hacia el Mercedes negro que le espera en la acera. Se fue de allí si
decir una palabra a los curiosos. Los medios supusieron que el rencor y el
dolor para Camil causarían complicaciones en su futuro como artista, y una vez
más se equivocaron.
En los días que
siguieron Miguel se vio acorralado por alguno que otro interesado en la nota.
Los gustos refinados de Miguel lo condujeron a un agradable restaurante cercano
a la editorial en la que él trabajaba.
Fue entonces cuando por caprichos del destino él y una de las reporteras
de las revistas más interesadas en el caso de Camil lo reconoció y llegaron a
entablar una conversación que limó todas las asperezas de las críticas contra
él.
-¿Entonces es
verdad qué ninguno de ustedes traicionó la confianza del otro? –preguntó la
reportera con los inocentes ojos que ocultaban sus verdaderas intenciones.
-Nunca le fu
infiel a ella, si es lo que me pregunta –contestó Miguel cortando un pequeño
trozo de su bistec completamente indiferente.
-¿Y por qué no
intentaron salvar su matrimonio?
La reportera se
dio cuenta de que había dado en el clavo cuando el hombre frente a ella tomó la
servilleta para limpiarse las comisuras de los labios, y dirigiendo su mirada a
la mujer decidió ponerle fin al asunto.
-Cuando trabajas
entre los aplausos y lo que amas, tus prioridades cambian.
-¿Y cuándo
sucedió?
-No lo sé
exactamente… pero un día me di cuenta que era menos importante que su piano.
El acertijo en Latín
¿Alguna vez te has quedado despierto hasta altas horas de
la noche solo checando estados en Facebook o Twitter? Es obvio, a las doce o
tres de la mañana no hay nada mejor que hacer aparte de dormir, pero si tienes
insomnio al parecer es lo único por contemplar hasta que el sueño regrese como
de costumbre. Si respondieron si a la pregunta, les encantara la historia.
Franco era hijo del dueño
de unos departamentos en la Ciudad de México, no eran muy grandes ni tampoco
tan miserables. A sus diecinueve años sabía como manejar las cuestiones
financieras en el edificio. Se valía por si solo, no le gustaba ser una carga
para la familia; quizá por esa razón disfrutaba de quedarse en aquel lugar,
justo en la habitación 43, en vez de regresar a casa. Eso lo hacia sentir
independiente. Además la escuela estaba más cerca del edificio que de su hogar.
El portero de la
construcción había pedido un permiso económico con el padre de Franco y este a
su vez le había comentado a su hijo que se encargaría de vigilar el edificio el
día sábado. Franco aceptó sin protestar, lo único que tenía que hacer era
sentarse, recibir y repartir el correo, saludar a los inquilinos y dar
información a los familiares de algunos de ellos sobre en que piso se alojaban
sus hermanos o sobrinos.
La tarea de la universidad,
aunque poca, era demasiado extensa. Franco bajó entonces de su habitación a las
seis cuarenta y cinco para abrir las puertas y prendió el ordenador, así como el modem. Se
sentó en la silla detrás de la barra de la recepción para abrir una soda y
comenzar con los deberes. Su investigación acerca del sistema inmunitario
innato iba a llevar bastante tiempo y era mejor avanzar a pasarse la noche del
domingo en vela.
Llegó el cartero con la
correspondencia. Franco miró el reloj digital de la esquina inferior derecha de
su computadora y se percató de que ya eran pasadas las nueve y solo había leído
los comentarios de las redes sociales. Hizo una pausa para entregar las cartas
y los paquetes a cada quien. Subió las escaleras y empezó con su labor. Primero
una carta a la familia del 9, otra más para el departamento 14, un paquete
tubular para el arquitecto del 16, otra carta el en departamento 23, un par de
paquetes cúbicos para los del 32 y 33, y tres cartas al gringo que se alojaba
en la habitación 40. Lo demás parecía normal para el resto de la mañana, lo
extraño en ella era que una carta, sin remitente y/o dirección de entrega,
estaba todavía en sus manos; había firmado la entrega sin revisar. El sobre era
blanco, casi perlado. Franco sabía que el hecho de violar la privacidad en el correo,
bien pudo haberla quemado pero también necesitaba saber si alguien en el
edificio andaba en malos pasos.
Era una carta aparentemente
normal, de un papel blanco escrito con pluma fuente. La letra parecía impresa
en la hoja, por lo estética que se notaba, pero las ligeras imperfecciones
hacían notar que estaba escrita a mano.
Franco comenzó a leerla,
haciendo sonar las palabras en su mente, mientras bajaba las escaleras de
vuelta a la recepción de la construcción. Iba con paso lento, para no tropezar
y caer repentinamente.
Estimado lector.
Comprendemos su inquietud al revisar este texto, más no justifica el
hecho de leer estas palabras. Lo que aquí se plasmó solo puede ser controlado
por los preparados, y bien sabemos que usted no lo es. Esperemos que tenga algo
de decencia y no continúe leyendo puesto que la información que se proporciona
en la parte media puede no llegar a ser de su agrado. Recuerde, no siga
leyendo.
Franco no tuvo miedo a lo
que sea que dijese la carta. Echó una risa burlona al leer la advertencia en el
texto. Haciendo caso omiso, prosiguió:
Estimado Alfred Bernhard
Lo que esta a punto de leer puede darle a su mundo un giro de 360°, le
sugerimos, de la manera más cortes, que si no esta preparado no continúe con la
prueba.
Hic locus est ubi mors
gaudet succurrere vitae. Esa es la
frase-clave para comprender los misterios de las revelaciones. Tintas llegan y
tintas quedan, pues lo que se plasma en todos los rincones de nuestra vida es
algo peligroso, no debemos temer o termináremos sucumbiendo ante los horrores.
Que extraño e inusual. Una carta que te dice que no la leas y que parece
leerte el pensamiento, además de tener dos saludos cordiales. La verdad asusta
un poco. Franco no se sentía intimidado, solo eran letras y papel. ¿Qué podría
hacerle una carta?, ¿Cortarlo? Franco ya había bajado más de la mitad de las
escaleras y estaba por llegar al segundo piso, continuaba leyendo la carta:
Ahora que ha terminado
de leer esta información le decimos a usted que tiene hasta que se oculte la
luna para resolver el acertijo. De lo contrario, la asociación no podrá hacer
nada en su auxilio. Es por eso que nosotros le sugerimos esperar si usted
consideraba no estar preparado.
Los
ojos que han visto esta letra, han de ser los que descifren el acertijo antes
del amanecer.
-Tonterías –sonrió casi
blasfemando-. ¿Acertijos?, que patrañas –pero le entró la curiosidad-. ¿Para
quién era esta carta?
Franco estaba ya en la recepción del edificio y había vuelto al
ordenador. Dejó la carta sobre el pasamano de la barra y se sentó para comenzar
a leer algo que tuviese que ver con sus deberes; olvidó por completo la carta.
Abrió un buscador. Rebuscó en su mochila la libreta en donde había anotado los
parámetros a investigar, cuando la tuvo disponible escribió en su ordenador lo
que necesitaba y múltiples opciones aparecieron a su vista.
La carta bailaba a causa de la débil brisa que entraba por la puerta. Se
sacudía.
Franco estaba tratando de concentrarse en realizar su tarea pero, la
verdad, quería investigar un poco más de la carta. Tomó la hoja, la cual se
arrugó un poco, y buscó la frase para anotarla en el buscador. Una vez echó
esto las opciones aparecieron.
Abrió una página que tenía como titulo: “¿Qué significa: Hic locus est
ubi mors gaudet succcurrere vitae?”. Parecía algo oportuno el echó de tener ese
titulo.
Franco estaba confundido, para que alguien enviaría una información que
dijera algo como:
Hic locus est ubi mors gaudet
succurere vitae, es una frase en latín que, comúnmente, aparece en las salas de
disección y en los departamentos de Anatomía Patológica, en donde se practican
las necropsias, para recordarles a los
practicantes de estas “artes” las reglas
que han aprendido… Su significado en español sería: En este lugar, la muerte se
deleita -o goza- de auxiliar a la vida… En la sala de disecciones, enseñando
anatomía a los médicos del futuro mientras que en el segundo caso, se descubren
los porqués del morir… Una de las obras más ligadas a esta frase es la pintura
del holandés Rembrandt, cuya imagen fue titulada: La lección de anatomía del
doctor Nicolaes Tulp…
Franco dejó de leer. Vaya que la carta lo estaba poniendo tenso. Este
tipo de cosas no le sorprendían pero le incomodaban bastante. “Aquí no vive
ningún galeno, ni mucho menos un Alfred Bernhard”, pensó Franco con ambas manos
sosteniendo la quijada. Volvió a leer la carta para tratar de entender el
acertijo. Nada ni una pista para quien estaba dirigida. Se escuchó el soplido
fantasmal del viento entrando por la puerta. Franco siguió con su tarea.
El día había ido normal. Un poco de drama por parte de la anciana del
primer piso, unas cuantas visitas para los nuevos en el edificio e incluso una
queja. Un día como cualquier otro. Al llegar la noche la luna nueva solo dejaba
apreciar un espacio redondo, negro, que inquietaba bastante a los niños
pequeños haciéndolos creer que la luna había desaparecido.
Eran las nueve de la noche y su ordenador estaba demasiado caliente como
para continuar. Lo apagó. Se quedó sentado en la recepción leyendo una revista
pero… la lámpara del centro comenzó a titilar. “Vaya lámpara, aún no la han
compuesto”, se dijo tomando una silla para enroscar las bombillas flojas. Subió
y, cuando estaba sobre ella, sintió que algo le corrió bajó los pies.
Desconcertado, Franco miró rápidamente al piso. Enroscó la bombilla y comenzó a
bajar… en ese momento la bombilla se apagó.
Franco vio el resplandor cejador por lo que le ardieron los ojos por un
par de minutos. Tuvo que subir de nuevo para retirar el foco dañado. Lo tocó
con la yema de los dedos y estaba caliente, más que el agua hirviendo. Dejó que
se enfriara un poco y lo sacó de su lugar. Quiso revisarlo para cerciorarse de
que ya no fuese útil pero después de ver lo que vio deseo jamás haber hecho tal
cosa. Uno gota de tinta escurría dentro de la bombilla.
Franco se impactó al ver la tinta dentro de aquel objeto, echó una
mirada a la recepción y la carta… la carta ya no estaba.
Franco salió disparado en busca del papel, pudo haberse caído hacía
donde él se encontraba trabajando pero no, nada. Ni debajo de la silla ni a un
lado de la computadora o entre sus libros, nada. La carta había desaparecido.
Sintió una picazón en el antebrazo, quizá por la preocupación.
“Ignoremos esto”, trató de convencerse.
Siguió trabajando por una hora, en lo que llegaba el velador, y subió
entonces a la habitación 43. Estaba subiendo el segundo piso cuando escuchó el
deslizar de algo, como el de una serpiente arrastrándose por el suelo. No había
nadie. Franco no se inmutó por el sonido.
Al llegar a su habitación giró la manija y abrió la puerta, solo para
encontrarse con una gota de tinta deslizándose por el perchero. Sintió miedo,
la verdad que lo sintió. Franco estaba empezando a asustarse cuando pensó que
todo era broma de alguno de sus amigos.
-Bien, bien, quien quiera de ustedes, bola de idiotas, fue suficiente
–entraba a la habitación; revisó tras el sofá-. Se están cobrando las bromas en
clase –miró por la cocina-, ¿verdad?
Volvió a ver la puerta, la cual estaba abierta, cerrándose de golpe.
Franco dio dos pasos hacía atrás. Entonces sintió algo en su espalda. Volteó.
Fue horrible el susto originado por la pared. Volvió a ver hacía los muebles de
la sala y encontró, sobre la silla individual, una hoja meciéndose de manera
tétrica.
Franco sintió una inseguridad enorme. ¿Un asesino lo estaba siguiendo o
eran cuestiones más fantasmales?
Se dirigió hasta la hoja de papel. Era la carta. “Pero, ¿cómo?”, se dijo
con los ojos bien abiertos. La tomó entre sus dedos ya no había un texto
completo solo parecía tener escrito un mensaje:
Los ojos que han visto esta
letra, han de ser los que descifren el acertijo antes del amanecer.
Entonces se escuchó un sonido hueco que venía desde dentro de su
habitación. Era como un lamento, lento y pronunciado, que le carcomió el alma.
Decidido a escapar, decidió correr a la salida. Abrió la puerta y… casi cae al
vació. No había más que negrura, una inmensa negrura, y su departamento estaba
flotando en ella. No podía escapar. Entró a la habitación y cerró la puerta
solo para continuar horrorizándose.
Hic locus est ubi mors gaudet succcurrere
vitae.
La frase estaba escrita con tinta negra sobre la contracara de la
puerta. “Este es el lugar… en donde la –temblaba del pánico-… muerte”, pensó en
su cabeza.
Franco no recordaba que decía la carta. Intentaba hacerlo pero no lo
conseguía. Estaba en pie, viendo hacia su habitación, cuando de repente la
tinta comenzó a emanar debajo de su cama. El horror fue inminente. Franco se
desesperó tanto que intentó cubrir el paso del fluido con los muebles. La tinta
pasaba. Franco acomodaba más cosas. La tinta escurría entre ellas. Franco
tropezó. La tinta casi lo toca. Tuvo suerte de quitar su mano a tiempo y
correr.
Estaba en la cocina para cuando un pie hecho de tinta cruzó el marco. Era
horrible. Un hombre que escurría por todas partes. Franco pensó en aventarle
agua pero al abrir pudo notar que también salía tinta del grifo. El hombre
logró agarrarlo entre sus pegajosos brazos. Franco luchaba por salir. El hombre
de tinta intentaba abrirle uno de sus parpados. Lo consiguió. Franco luchaba
por resistirse pero la tinta era fuerte. Entonces, el hombre de tinta le puso
la mano en el pómulo y la tinta empezó a avanzar hacia el ojo. Franco logró
zafarse y se limpio rápido la cara.
Corría velozmente hacía la salida
con la tinta, en forma de charco, siguiéndolo. Sin duda así era más fácil para
ella alcanzar al muchacho. Franco abrió la puerta y esperó la tinta. La tinta
se volvió hombre nuevamente y no dio un paso más.
Franco intuía que la tinta no se acercaría; así no podría hacerla saltar
al vacío.
La tinta y él permanecieron de pie. Mirándose –aunque la tinta no tenía
cara u ojos- comprendieron que ninguno de los dos avanzaría. Franco se quedó
sobresaltado al sentir la epifanía corriendo por su cerebro:
-Lo he entendido.
La tinta extendió su brazo para agarrar a Franco, pero él ya había
saltado al vacío.
El cuerpo de Franco se sobresaltó. Estaba tirado en el suelo de su
apartamento. “Me desmaye”, se dijo al ver la hora en el reloj de pared. Eran
las tres de la mañana. “Pero que sueño tan más loco”. Se dirigió a la cocina
por un vaso de agua. No dejaba de cuestionarse si todo había sido realidad o
solo un sueño. Decidió olvidarlo y creer que la sugestión le había hecho soñar
aquellas cosas. Se fue a la cama.
Pasaron una y dos horas y no podía dormir. El sol estaba por aparecer en
su ventana y se sentía orgulloso por haber resuelto el acertijo.
Franco no podía dormir. Parecía haber hecho ejercicio en exceso, su
cuerpo rebosaba de energía. Con el insomnio que no le dejaba pegar los parpados
decidió revisar su perfil. Encendió el ordenador y abrió las páginas que
buscaba.
Estaba checando el muro de una chica linda que parecía gustarle. Iba por
comentar una foto de ella cuando la computadora se apagó. Franco se sobresaltó
en la silla, y rápidamente rebuscó su celular para iluminar la habitación. No
había nadie.
La pantalla de la computadora se volvió de un negro brillante y de
repente tenía colores en ella. Estaba prendida. Al parecer se había reiniciado
sola. Franco se quedó quieto. Solo era una pantalla normal, común y corriente.
Se abrió la red social como si lo hubiera ordenado con la mente y apareció la
foto de la chica linda. Franco tomó asiento lentamente, revisando su alrededor.
Él esperaba que algo saltase de la pantalla pero no fue así.
Franco se quedó paralizado al escuchar un caer detrás de él. Además
sentía calor por su cuello, solo por el lado izquierdo. Las manos le temblaban.
Su pulso estaba acelerado. Con la cabeza quieta y la mirada curiosa, miró sobre
su hombro que era lo que le ocasionaba una leve presión. El horror fue
instantáneo y volteó por completo la cabeza.
La mano en s hombro llevaba hasta un cuerpo oscuro detrás de él. Solo
vio una sombra negra y escuchó un tronar. Un fuerte dolor repentino fue
percibido y seguido de eso… nada más.
Pasaron un par de horas y el amanecer llegó, iluminando el cuarto. Todo
en la habitación era silencio. Un silencio sepulcral se percibía. Un papel
tirado por el escritorio dejaba apreciar:
No, no lo entendiste. Mi trabajo
era mostrarte los secretos, pero tu temor te condujo a actuar de manera
instintiva. Yo soy “la tinta”, una media verdad. Mi hermano, la bestia, se
encarga de los no tan preparados.
Los vecinos llamaron a la puerta miles de veces pero como el chico no
abría decidieron derribarla. Una niña gritó llorando horrorizada. Un señor
aguantó las ganas de vomitar. Una anciana solo se tapó la cara. Franco estaba
muerto con la cabeza viendo al techo y el pecho tocando el teclado de la
portátil. El cuello rotó de manera brutal parecía decolorado, como ausente de
la tinta vital.
La policía llegó a la escena del crimen y comenzaron con el trabajo
pericial pero… no había asesino. Ningún rastro de armas, de células muertas,
nada. Era el crimen perfecto. La única evidencia era una carta con un texto
extraño que el comandante leyó haciendo caso omiso de las advertencias. Algo
que no pensó es que tenía al asesino en las manos; al de Franco y el que sería
el suyo.
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