sábado, 24 de marzo de 2012

El acertijo en Latín


     ¿Alguna vez te has quedado despierto hasta altas horas de la noche solo checando estados en Facebook o Twitter? Es obvio, a las doce o tres de la mañana no hay nada mejor que hacer aparte de dormir, pero si tienes insomnio al parecer es lo único por contemplar hasta que el sueño regrese como de costumbre. Si respondieron si a la pregunta, les encantara la historia.
     Franco era hijo del dueño de unos departamentos en la Ciudad de México, no eran muy grandes ni tampoco tan miserables. A sus diecinueve años sabía como manejar las cuestiones financieras en el edificio. Se valía por si solo, no le gustaba ser una carga para la familia; quizá por esa razón disfrutaba de quedarse en aquel lugar, justo en la habitación 43, en vez de regresar a casa. Eso lo hacia sentir independiente. Además la escuela estaba más cerca del edificio que de su hogar.
     El portero de la construcción había pedido un permiso económico con el padre de Franco y este a su vez le había comentado a su hijo que se encargaría de vigilar el edificio el día sábado. Franco aceptó sin protestar, lo único que tenía que hacer era sentarse, recibir y repartir el correo, saludar a los inquilinos y dar información a los familiares de algunos de ellos sobre en que piso se alojaban sus hermanos o sobrinos.
     La tarea de la universidad, aunque poca, era demasiado extensa. Franco bajó entonces de su habitación a las seis cuarenta y cinco para abrir las puertas  y prendió el ordenador, así como el modem. Se sentó en la silla detrás de la barra de la recepción para abrir una soda y comenzar con los deberes. Su investigación acerca del sistema inmunitario innato iba a llevar bastante tiempo y era mejor avanzar a pasarse la noche del domingo en vela.
     Llegó el cartero con la correspondencia. Franco miró el reloj digital de la esquina inferior derecha de su computadora y se percató de que ya eran pasadas las nueve y solo había leído los comentarios de las redes sociales. Hizo una pausa para entregar las cartas y los paquetes a cada quien. Subió las escaleras y empezó con su labor. Primero una carta a la familia del 9, otra más para el departamento 14, un paquete tubular para el arquitecto del 16, otra carta el en departamento 23, un par de paquetes cúbicos para los del 32 y 33, y tres cartas al gringo que se alojaba en la habitación 40. Lo demás parecía normal para el resto de la mañana, lo extraño en ella era que una carta, sin remitente y/o dirección de entrega, estaba todavía en sus manos; había firmado la entrega sin revisar. El sobre era blanco, casi perlado. Franco sabía que el hecho de violar la privacidad en el correo, bien pudo haberla quemado pero también necesitaba saber si alguien en el edificio andaba en malos pasos.
     Era una carta aparentemente normal, de un papel blanco escrito con pluma fuente. La letra parecía impresa en la hoja, por lo estética que se notaba, pero las ligeras imperfecciones hacían notar que estaba escrita a mano.
     Franco comenzó a leerla, haciendo sonar las palabras en su mente, mientras bajaba las escaleras de vuelta a la recepción de la construcción. Iba con paso lento, para no tropezar y caer repentinamente.

Estimado lector.
     Comprendemos su inquietud al revisar este texto, más no justifica el hecho de leer estas palabras. Lo que aquí se plasmó solo puede ser controlado por los preparados, y bien sabemos que usted no lo es. Esperemos que tenga algo de decencia y no continúe leyendo puesto que la información que se proporciona en la parte media puede no llegar a ser de su agrado. Recuerde, no siga leyendo.

     Franco no tuvo miedo a lo que sea que dijese la carta. Echó una risa burlona al leer la advertencia en el texto. Haciendo caso omiso, prosiguió:

     Estimado Alfred Bernhard
     Lo que esta a punto de leer puede darle a su mundo un giro de 360°, le sugerimos, de la manera más cortes, que si no esta preparado no continúe con la prueba.
     Hic locus est ubi mors gaudet succurrere vitae. Esa es la frase-clave para comprender los misterios de las revelaciones. Tintas llegan y tintas quedan, pues lo que se plasma en todos los rincones de nuestra vida es algo peligroso, no debemos temer o termináremos sucumbiendo ante los horrores.

     Que extraño e inusual. Una carta que te dice que no la leas y que parece leerte el pensamiento, además de tener dos saludos cordiales. La verdad asusta un poco. Franco no se sentía intimidado, solo eran letras y papel. ¿Qué podría hacerle una carta?, ¿Cortarlo? Franco ya había bajado más de la mitad de las escaleras y estaba por llegar al segundo piso, continuaba leyendo la carta:

     Ahora que ha terminado de leer esta información le decimos a usted que tiene hasta que se oculte la luna para resolver el acertijo. De lo contrario, la asociación no podrá hacer nada en su auxilio. Es por eso que nosotros le sugerimos esperar si usted consideraba no estar preparado.
     Los ojos que han visto esta letra, han de ser los que descifren el acertijo antes del amanecer.

     -Tonterías –sonrió  casi blasfemando-. ¿Acertijos?, que patrañas –pero le entró la curiosidad-. ¿Para quién era esta carta?
     Franco estaba ya en la recepción del edificio y había vuelto al ordenador. Dejó la carta sobre el pasamano de la barra y se sentó para comenzar a leer algo que tuviese que ver con sus deberes; olvidó por completo la carta. Abrió un buscador. Rebuscó en su mochila la libreta en donde había anotado los parámetros a investigar, cuando la tuvo disponible escribió en su ordenador lo que necesitaba y múltiples opciones aparecieron a su vista.
     La carta bailaba a causa de la débil brisa que entraba por la puerta. Se sacudía.
     Franco estaba tratando de concentrarse en realizar su tarea pero, la verdad, quería investigar un poco más de la carta. Tomó la hoja, la cual se arrugó un poco, y buscó la frase para anotarla en el buscador. Una vez echó esto las opciones aparecieron.
     Abrió una página que tenía como titulo: “¿Qué significa: Hic locus est ubi mors gaudet succcurrere vitae?”. Parecía algo oportuno el echó de tener ese titulo.
     Franco estaba confundido, para que alguien enviaría una información que dijera algo como:

     Hic locus est ubi mors gaudet succurere vitae, es una frase en latín que, comúnmente, aparece en las salas de disección y en los departamentos de Anatomía Patológica, en donde se practican las necropsias,  para recordarles a los practicantes  de estas “artes” las reglas que han aprendido… Su significado en español sería: En este lugar, la muerte se deleita -o goza- de auxiliar a la vida… En la sala de disecciones, enseñando anatomía a los médicos del futuro mientras que en el segundo caso, se descubren los porqués del morir… Una de las obras más ligadas a esta frase es la pintura del holandés Rembrandt, cuya imagen fue titulada: La lección de anatomía del doctor Nicolaes Tulp…

     Franco dejó de leer. Vaya que la carta lo estaba poniendo tenso. Este tipo de cosas no le sorprendían pero le incomodaban bastante. “Aquí no vive ningún galeno, ni mucho menos un Alfred Bernhard”, pensó Franco con ambas manos sosteniendo la quijada. Volvió a leer la carta para tratar de entender el acertijo. Nada ni una pista para quien estaba dirigida. Se escuchó el soplido fantasmal del viento entrando por la puerta. Franco siguió con su tarea.
     El día había ido normal. Un poco de drama por parte de la anciana del primer piso, unas cuantas visitas para los nuevos en el edificio e incluso una queja. Un día como cualquier otro. Al llegar la noche la luna nueva solo dejaba apreciar un espacio redondo, negro, que inquietaba bastante a los niños pequeños haciéndolos creer que la luna había desaparecido.
     Eran las nueve de la noche y su ordenador estaba demasiado caliente como para continuar. Lo apagó. Se quedó sentado en la recepción leyendo una revista pero… la lámpara del centro comenzó a titilar. “Vaya lámpara, aún no la han compuesto”, se dijo tomando una silla para enroscar las bombillas flojas. Subió y, cuando estaba sobre ella, sintió que algo le corrió bajó los pies. Desconcertado, Franco miró rápidamente al piso. Enroscó la bombilla y comenzó a bajar… en ese momento la bombilla se apagó.
     Franco vio el resplandor cejador por lo que le ardieron los ojos por un par de minutos. Tuvo que subir de nuevo para retirar el foco dañado. Lo tocó con la yema de los dedos y estaba caliente, más que el agua hirviendo. Dejó que se enfriara un poco y lo sacó de su lugar. Quiso revisarlo para cerciorarse de que ya no fuese útil pero después de ver lo que vio deseo jamás haber hecho tal cosa. Uno gota de tinta escurría dentro de la bombilla.
     Franco se impactó al ver la tinta dentro de aquel objeto, echó una mirada a la recepción y la carta… la carta ya no estaba.
     Franco salió disparado en busca del papel, pudo haberse caído hacía donde él se encontraba trabajando pero no, nada. Ni debajo de la silla ni a un lado de la computadora o entre sus libros, nada. La carta había desaparecido. Sintió una picazón en el antebrazo, quizá por la preocupación.
     “Ignoremos esto”, trató de convencerse.
     Siguió trabajando por una hora, en lo que llegaba el velador, y subió entonces a la habitación 43. Estaba subiendo el segundo piso cuando escuchó el deslizar de algo, como el de una serpiente arrastrándose por el suelo. No había nadie. Franco no se inmutó por el sonido.
     Al llegar a su habitación giró la manija y abrió la puerta, solo para encontrarse con una gota de tinta deslizándose por el perchero. Sintió miedo, la verdad que lo sintió. Franco estaba empezando a asustarse cuando pensó que todo era broma de alguno de sus amigos.
     -Bien, bien, quien quiera de ustedes, bola de idiotas, fue suficiente –entraba a la habitación; revisó tras el sofá-. Se están cobrando las bromas en clase –miró por la cocina-, ¿verdad?
     Volvió a ver la puerta, la cual estaba abierta, cerrándose de golpe. Franco dio dos pasos hacía atrás. Entonces sintió algo en su espalda. Volteó. Fue horrible el susto originado por la pared. Volvió a ver hacía los muebles de la sala y encontró, sobre la silla individual, una hoja meciéndose de manera tétrica.
     Franco sintió una inseguridad enorme. ¿Un asesino lo estaba siguiendo o eran cuestiones más fantasmales?
     Se dirigió hasta la hoja de papel. Era la carta. “Pero, ¿cómo?”, se dijo con los ojos bien abiertos. La tomó entre sus dedos ya no había un texto completo solo parecía tener escrito un mensaje:

     Los ojos que han visto esta letra, han de ser los que descifren el acertijo antes del amanecer.

     Entonces se escuchó un sonido hueco que venía desde dentro de su habitación. Era como un lamento, lento y pronunciado, que le carcomió el alma. Decidido a escapar, decidió correr a la salida. Abrió la puerta y… casi cae al vació. No había más que negrura, una inmensa negrura, y su departamento estaba flotando en ella. No podía escapar. Entró a la habitación y cerró la puerta solo para continuar horrorizándose.

     Hic locus est ubi mors gaudet succcurrere vitae.

     La frase estaba escrita con tinta negra sobre la contracara de la puerta. “Este es el lugar… en donde la –temblaba del pánico-… muerte”, pensó en su cabeza.
     Franco no recordaba que decía la carta. Intentaba hacerlo pero no lo conseguía. Estaba en pie, viendo hacia su habitación, cuando de repente la tinta comenzó a emanar debajo de su cama. El horror fue inminente. Franco se desesperó tanto que intentó cubrir el paso del fluido con los muebles. La tinta pasaba. Franco acomodaba más cosas. La tinta escurría entre ellas. Franco tropezó. La tinta casi lo toca. Tuvo suerte de quitar su mano a tiempo y correr.
     Estaba en la cocina para cuando un pie hecho de tinta cruzó el marco. Era horrible. Un hombre que escurría por todas partes. Franco pensó en aventarle agua pero al abrir pudo notar que también salía tinta del grifo. El hombre logró agarrarlo entre sus pegajosos brazos. Franco luchaba por salir. El hombre de tinta intentaba abrirle uno de sus parpados. Lo consiguió. Franco luchaba por resistirse pero la tinta era fuerte. Entonces, el hombre de tinta le puso la mano en el pómulo y la tinta empezó a avanzar hacia el ojo. Franco logró zafarse y se limpio rápido la cara.
     Corría velozmente  hacía la salida con la tinta, en forma de charco, siguiéndolo. Sin duda así era más fácil para ella alcanzar al muchacho. Franco abrió la puerta y esperó la tinta. La tinta se volvió hombre nuevamente y no dio un paso más.
     Franco intuía que la tinta no se acercaría; así no podría hacerla saltar al vacío.
     La tinta y él permanecieron de pie. Mirándose –aunque la tinta no tenía cara u ojos- comprendieron que ninguno de los dos avanzaría. Franco se quedó sobresaltado al sentir la epifanía corriendo por su cerebro:
     -Lo he entendido.
     La tinta extendió su brazo para agarrar a Franco, pero él ya había saltado al vacío.
      El cuerpo de Franco se sobresaltó. Estaba tirado en el suelo de su apartamento. “Me desmaye”, se dijo al ver la hora en el reloj de pared. Eran las tres de la mañana. “Pero que sueño tan más loco”. Se dirigió a la cocina por un vaso de agua. No dejaba de cuestionarse si todo había sido realidad o solo un sueño. Decidió olvidarlo y creer que la sugestión le había hecho soñar aquellas cosas. Se fue a la cama.
     Pasaron una y dos horas y no podía dormir. El sol estaba por aparecer en su ventana y se sentía orgulloso por haber resuelto el acertijo.
     Franco no podía dormir. Parecía haber hecho ejercicio en exceso, su cuerpo rebosaba de energía. Con el insomnio que no le dejaba pegar los parpados decidió revisar su perfil. Encendió el ordenador y abrió las páginas que buscaba.
     Estaba checando el muro de una chica linda que parecía gustarle. Iba por comentar una foto de ella cuando la computadora se apagó. Franco se sobresaltó en la silla, y rápidamente rebuscó su celular para iluminar la habitación. No había nadie.
     La pantalla de la computadora se volvió de un negro brillante y de repente tenía colores en ella. Estaba prendida. Al parecer se había reiniciado sola. Franco se quedó quieto. Solo era una pantalla normal, común y corriente. Se abrió la red social como si lo hubiera ordenado con la mente y apareció la foto de la chica linda. Franco tomó asiento lentamente, revisando su alrededor. Él esperaba que algo saltase de la pantalla pero no fue así.
     Franco se quedó paralizado al escuchar un caer detrás de él. Además sentía calor por su cuello, solo por el lado izquierdo. Las manos le temblaban. Su pulso estaba acelerado. Con la cabeza quieta y la mirada curiosa, miró sobre su hombro que era lo que le ocasionaba una leve presión. El horror fue instantáneo y volteó por completo la cabeza.
     La mano en s hombro llevaba hasta un cuerpo oscuro detrás de él. Solo vio una sombra negra y escuchó un tronar. Un fuerte dolor repentino fue percibido y seguido de eso… nada más.
     Pasaron un par de horas y el amanecer llegó, iluminando el cuarto. Todo en la habitación era silencio. Un silencio sepulcral se percibía. Un papel tirado por el escritorio dejaba apreciar:

     No, no lo entendiste. Mi trabajo era mostrarte los secretos, pero tu temor te condujo a actuar de manera instintiva. Yo soy “la tinta”, una media verdad. Mi hermano, la bestia, se encarga de los no tan preparados.

     Los vecinos llamaron a la puerta miles de veces pero como el chico no abría decidieron derribarla. Una niña gritó llorando horrorizada. Un señor aguantó las ganas de vomitar. Una anciana solo se tapó la cara. Franco estaba muerto con la cabeza viendo al techo y el pecho tocando el teclado de la portátil. El cuello rotó de manera brutal parecía decolorado, como ausente de la tinta vital.
     La policía llegó a la escena del crimen y comenzaron con el trabajo pericial pero… no había asesino. Ningún rastro de armas, de células muertas, nada. Era el crimen perfecto. La única evidencia era una carta con un texto extraño que el comandante leyó haciendo caso omiso de las advertencias. Algo que no pensó es que tenía al asesino en las manos; al de Franco y el que sería el suyo.

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