Yo era apenas una
delicada caricia y un apasionado beso entre dos amantes cuando las cosas
empezaron a ponerse tensas entre los dos antiguos rivales. El Este se volvería
mi hogar y por tanto tendría que defenderlo a cualquier costo; mi lealtad
siempre sería de los Ofiuco. Y es que cómo dedicarle tu vida a los Gaudette si
desde que conseguí los oídos en el vientre de mi madre no he parado de escuchar
aversiones sobre ellos.
Mi nacimiento se
vio opacado por la toma de una de las ciudades fronterizas que chocaban contra
la inmensa muralla que dividía a las dos naciones, fue entonces que la gente
comenzó a llamarle Tierra Brava a toda extensión que se viera inmediatamente
adjunta a la división de piedra. Todos pensaron que nacería al atardecer pero
la noche fue la primera en cobijar la mansión de mis padres al yo dar mi primer
llanto de vida. Mi madre no tenía intención de descansar hasta saber algo de mi
ausente padre, quien estaba con los demás miembros del consejo tratando de
evitar que las cuestiones se salieran de control. Mi padre regresó a los pocos
días de haber nacido trayendo consigo un cansancio inmenso pero nada más grave
que unos raspones en el brazo y algunos moretones en el torso.
Ambos eran tan
amorosos que preferían pasar las noches en vela arrullando mi frágil cuerpo a
dejarme a cargo de alguna de las múltiples sirvientas que trabajaban para
nosotros. Creo que yo les correspondía, pues eran pocas las veces en las que
despertaba de madrugada, o eso me contaron después.
Dabolen era en aquel entonces el maldito
avaro que pretendía conseguir más de lo que podía controlar; quería regodearse
en la gloria absoluta cual cerdo en el chiquero, lo malo de todo el asunto era
que su necesidad de poder no medía más que los propios intereses. Para mí fue
una suerte del destino nacer quince días antes de su primogénito: Diallo
Gaudette, quien, al igual que yo, iba a ser favorecido con las herencias
familiares aunque criado con una distinta ideología que marcaba jerarquías y
dejaba a un lado la igualdad entre todos los hombres.
¡Que bueno que nací bajo el apellido
Buenalma!, porque estoy totalmente seguro que mi persona no hubiera podido
soportar toda esa desigualdad y terminaría como uno de los Longstaff:
abandonando el linaje y las riquezas por hacer lo correcto.
De niño siempre
seguí el claro ejemplo de mi padre: un hombre honesto, educado, cordial y
sonriente que le alegraba el día a los demás con solo cruzar con su mirada. Él
me enseñó el manejo de la economía, un poco de ciencias políticas y leyes no
estaban de sobra, además de la siempre destacada literatura. Crecí y me volví
un discípulo de la rectitud, de Su rectitud, la rectitud que había inculcado mi
padre en mí. El nombre de Dimitri Buenalma empezaba apenas a llegar a los oídos
del pueblo cuando cumplí los quince años, y todo por ordenarme en el consejo
del cual mi padre era un miembro destacado y en el que no hacía más que el
humilde, pero necesario, trabajo de secretaría.
Era la
adolescencia un martirio para mí puesto que no conseguía hablar con la chica de
delicados cabellos rizados de tono caoba que desprendía la esencia de gardenias
en su caminar. Su nombre causaba el impacto que ella te ocasionaba al verla por
primera vez: Salomé. Era la más bella entre todas las jóvenes del Colegio de
las Antiguas y Finas Enseñanzas y ninguno de los hombres podía, por lo menos,
no voltear a verla. Nunca pude hablar con ella; mi timidez era inmensa con Salomé
pues no quería verme como el ridículo crio que fuese rechazado por una doncella
de semejantes proporciones. Y gracias a la causalidad conseguí a cambio algo
mejor, solo que tardé tiempo en darme cuenta de que la que sería mi más valiosa
posesión se encontraba absorta bajo la tapadura de los libros de ciencias
alquímicas.
Era recatada y parecía disfrutar del
silencio que conseguían los libros, aunque ese solo era el delicado velo de su
comportamiento puesto que bajó su finura y propiedad inculcados por la escuela
se encontraba una mujer cuyo carácter irónico nunca pude llegar a entender; y
eso fue lo que tanto me ha tenido enamorado de ella. Su cuerpo siempre delgado
y su estatura solo un poco más baja que la mía, fueron un atractivo que pasé
por alto al encontrar sus verdaderos gustos: prefería correr y ensuciarse que
levantar el menique al momento de sorber un poco de agua, le fascinaba la moda
como a toda mujer pero no vestía de manera rimbombante a menos que la ocasión
lo ameritase, su comer tan ambiguo que pedía solo una bandeja de magdalenas en
vez de algo mas lujoso como un buen corte de res o algo de caviar me hicieron
ver que nunca escogería a mi amor pues él me había guiado hasta Ángela.
A mis diecisiete
años Ángela fue la única en ser mi soporte al acaecer mi madre, quien después
de varias semanas en cama y algunos medicamentos de intravenosa hubo dejado su
inmóvil cuerpo sobre la cama de dosel en la misma que me había mostrado el
mundo por primera vez. Y pensar que horas antes de la hiriente noticia yo veía
a Ángela solo como una fiel amiga, aunque después de sentir sus suaves manos
entrelazando las mías y mirándola a los ojos por el extraño gesto, comprendí
que sus pupilas me lanzaban un brillo diferente al que lograba percibir de los
demás. Fue entonces que descubrí que
Ángela estaba enamorada de mí, y mi memoria me trajo los alegres recuerdos de
las tardes en las que disimulando nuestro atracción por el otro dábamos a
entenderle al viento los recónditos pero firmes sentimientos de sutil amor. Si
bien me dolió el perder a mi madre y no poder volver a verla otra vez, el vacío
no lo sentí tan profundo pues sabía que Ángela estaría junto a mí de ahora en
adelante.
Quizá las cosas
no fueron perfectas como todos lo deseamos… aunque me hubiera agradado que mi
padre no hubiese muerto el día de nuestra boda. La fiesta se suspendió mientras
cambiaba los manteles blancos y las copas de champagne por los trámites de
defunción y el ataúd de encino. Apenas habían pasado cinco años desde la muerte
de mi madre por una extraña causa y mi padre le seguía los pasos hasta que
descubrí el envenenamiento por Cianuro, que le fue depositado en uno de sus
panques de almendras del desayuno; quizá el inconfundible olor amargo de las
almendras le hizo ingerir bocado tras bocado de solidos blanquecinos sin que se
diera cuenta y todo por la tiranía de uno de sus rivales en ganar algunas
acciones de la compañía... Hasta el día de hoy pienso que los Bisoño han podido
cultivar sus falsos campos de fortunas gracias a lo aberrante de sus acciones
pero en ese entonces solo eran especulaciones mías y la policía no hizo más que
tocar las trompetas y quitarse el sombrero en el cementerio de la familia.
Después de pasar
esos sabores amargos y aquellos extraños padecimientos junto a Ángela nunca más
volví a dudar que ella fuese la otra mitad que siempre había buscado. Me casé
en una de las mansiones que mi familia había dejado a mi nombre e invité a los
miembros de mí amado consejo que siempre fueron como mi segunda familia. Si
bien tarde un par de años en regresar a las reuniones, pues la silla vacía
junto al inmenso sol me hacía recordarlo a él, nunca dejé a un lado mi lealtad
hacía los Ofiuco y menos ahora que las erupciones de traición estaban tan de
moda que los poblados enteros empezaron a desmoronarse por la desconfianza.
Desde los
veinticuatro hasta los treintaicinco la vida pasó sutil y marcando pautas
importantes. Siempre quise concebir un hijo con Ángela pero nos fue difícil por
la fría y seca esterilidad de alguno de nosotros; no era imposible pero la
posibilidad casi nos resultaba milagrosa. Quería alguien a quien pasarle mi
conocimiento, mis riquezas, pero nunca dimos en el clavo hasta aquel espontaneo
momento romántico que surgió después de la cena del cumpleaños de Ángela el
catorce de Enero. ¡Tendría un hijo! Y vaya que suerte para mi descendiente,
pues un Ofiuco estaba por nacer aproximadamente en Marzo.
Traté a Ángela
como a una diosa, pues mi reina ya lo era, cuando mi sangre y la suya se encontraron
mezcladas en su vientre; era la sensación más hermosa que llegué a
experimentar. Por su parte ella era inquieta y de vez en cuando se escapaba de
mi vista para pasear por la ciudad en uno de los automóviles mostrándole a
nuestro hijo los andenes del boulevard o los plantíos de lavanda a las afueras
de la ciudad.
Todo me cambio el
día que conocí a Octavio, el hijo de Katherine, Octavio Ofiuco quien había
nacido un quince de Marzo, dos días antes de aquella tarde. Al llegar a verlo
mi Ángela se encariñó con él bebé que sus ojos demostraron un brillo cálido y
maternal mientras yo me ilusionaba con la idea de estudiar la postura para
cargar a mi futuro hijo. La sonrisa en ambos fue inevitable ante los ojos
grises que nos penetraron como la confirmación antigua de que él era un
Heredero y tenía su marca, aunque quizá nuestros sentimientos fluyeron de
manera inconsciente al pensar que dentro de poco estaríamos igual que
Katherine.
De tanta emoción
mi corazón me ordenó obsequiarle una pequeña parte de mí a Octavio quien nunca
antes me había conocido pero la frágil figura envuelta en una manta verde, era
tan adorable y ajeno a los problemas en lo que la sociedad se veía inmersa que
parecía incluso la clave para todo.
Estábamos en el
despacho cuando… ocurrió. El fragor de las carretas huyendo y los disparos por
doquier hicieron que entráramos en acción al inmediato. Venían por él, por la
figura inmaculada del Heredero solo para asesinarlo y cerrar cualquier
posibilidad de derrota para Diallo –pues su padre estaba tan viejo que le había
cedido los honores-.
Ángela actuó al
inmediato. Salió al pasillo y yo intenté detenerla pero volvería pronto así que
la dejé continuar, al volver traía consigo un jarrón, un busto y un florero,
además de tres frazadas verdes semejantes a las de Octavio. Bajamos las
escaleras toda prisa. Maximiliam iba al
frente, Katherine y Octavio en el medio y, Ángela y yo cuidando las espaldas de
todos intentábamos evadir las dagas voladoras que cruzaban apresuradas por
nuestros costados. Y fue entonces que ella se adelantó al ver el umbral
aproximándose pero… Yo no quería que lo hiciera… La sujeté del antebrazo lo más
que pude pero se liberó de mis manos para evitarlo. La daga voló frente a ella
y mis ojos se sumieron en el dolor. La vi en pie y pensé por un momento que
todo estaba bien. Dio dos pasos titubeantes y creí que las cosas no habían sido
las que yo intuía, pero la verdad era otra. Cuando vi la sangre derramarse por
su vientre ya le había traspasado mi dolor al desgraciado que hozó lastimarla…
Ya no había posibilidad de vida en ella.
Me quedé en pie.
El dolor en mi puño derecho ni lograba percibirlo por el inmenso abismo que se
formaba en mi pecho. Los gritos de todos resonaban. La habitación no tenía
salida.
La sangre brotaba sin prisa pero a grandes
cantidades manchando el piso de mármol, dibujándome una escena espantosa. Me
mareé un momento por el impacto de lo que mis ojos veían y me vi perdido en
ella: Ángela… mi único y verdadero amor. Mis ojos voltearon al sangrante
vientre: hogar de mi hijo sin nacer… el único capricho de mi vida.
La miré y vi sus
ojos tan vivos como aquella primera vez de conocerle. Estaban relucientes y
parecían serenos aunque las cosas no eran como esos vitrales me lo dibujaban.
Escuche su voz y sentí un tirón en mi espalda que me arrastró por un pasadizo
secreto mientras mi conmoción trataba de digerir la noticia…
Ángela, Ángela,
¿Dónde estas mi Ángela?... Nunca debí dejarte sola en aquel lugar. Hubiera
preferido morir contigo antes de pasar la vida sin ti.
Los demás me
sacaron de allí por mi propia seguridad y bajo las ordenes de mi esposa... Vi
partir a Octavio hasta el otro plano con Katherine y su guardián. El desastre
bélico estaba apenas por desatarse… pero yo estaba más concentrado en mi dolor
que lo único que pude obsequiarle esa tarde a nuestro Heredero fue una lágrima
de despedida.
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