sábado, 24 de marzo de 2012

Un cuento para recordar


     ¿Se han imaginado en el fondo de un abismo? Un abismo tan oscuro en donde la luz brilla intensamente pero les es tan lejana que parece inalcanzable.
     Precisamente de eso les quiero hablar.

     Una tarde no tan lejana un joven caminaba por el campo.
     El día era soleado, con un ligero viento que devolvía el encanto de la vida a los pulmones de las personas. El aroma de las flores estaba impregnado en la camisa de franela típica de los vaqueros. El sol quemaba y para llegar temprano a casa el muchacho decidió tomar un atajo.
     "Es mejor que no vayas por allí, muchachito, hay un pozo sin brocal y puedes caer por error" dijo un viejito con pocos dientes que no arrastraba los años  solo porque andaba en carreta.
     El joven lo saludó con el sombrero  y siguió caminando, opinándose que aquel señor no lo conocía. "Quien no se fijaría al caminar", se repetía con tal de convencerse.
     De repente y sin avisar, el joven sintió un vértigo inmenso seguido de un dolor que le entumeció el rostro. El mareo al ponerse en pie le obligó a doblar las rodillas y escupir la saliva que le producía asco. Violeta, azul, amarillo, y el piso ondeante era lo que alcanzaba a ver. Un poco de sangre le salió por la nariz. Todo era culpa de la contusión.
     Había caído al pozo.
     Escuchó voces.
     Sintió que había gente acompañándole pero no había nadie.
     "¡Sáquenme de aquí!", gritaba desesperado el crío en el fondo del abismo.
     Las personas le miraban desde lo alto.
     Que extraño.
     Había mujeres, niños y hombres en la parte superior de aquel lugar que lo acorralaba. Solo contemplaban el error; no hacían más que conversar unas con otras.
     Para el muchacho era terrible encontrarse rodeado de oscuridad. Unas paredes frías, siniestras y con limo le inspiraban preocupación. Su cuerpo se encontraba tembloroso. Su alma se sentía desahuciada.
     Las caras de las personas eran opacadas por la inmensa luz que entraba y apenas iluminaba una pequeña parte del pozo. Solo se veían siluetas bien dibujadas. Perfiles de lo que él creía que eran amigos, conocidos y familiares estaban allí, hundiendo sus cabezas solo para apreciar todo con detalle, y sin embargo nadie trató de ayudarlo.
     El muchacho se quedó contemplando la luz; apreciando ese regalo que tenía hace poco. La mandíbula entreabierta apostaba por una idea bien pensada mientras un impulso se escurría entre sus neuronas ordenándole gritar.
     "¡Ayuda!"
     Nadie contestó.
     Las caras en lo alto no se inmutaron por el estruendo proveniente del fondo y continuaron en lo suyo.
     "¡Por favor!"
     Estaba temeroso y prefirió gastar sus energías.
     "¡Alguien allá arriba!"
     Pero solo se escuchaban burlas, comentarios y regaños desde lo alto. Eran sonidos familiares: su hermano, su hermana menor, su tía, el abuelo, la chiquitina del pueblo, la vieja chismosa de la tienda, el obrero con el que trabajaba su padre, el maestro de la escuela, todos ellos elaborando la barahúnda del siglo que desalentó al joven al llegar a sus oídos.
     Nadie parecía animarlo. Las voces taladraban su cabeza con el afán de cansarlo y amaestrarlo.
     Se sentó.
     El frio le recorrió la medula. La humedad erizó su piel. La soledad le abrió un hueco en el pecho y entonces... el tiempo pareció corto.
     Sus ojos miraban decididos. Su cuerpo estaba preparado. Su alma no quería rendirse. Él quería salir.
     Las personas en lo alto se asomaban para mantenerse al tanto de lo que ocurría.
     Ya iba a más de la mitad del pozo y los dedos se incrustaban lo más que podían entre las piedras. El coraje que le surgió de repente era el resultado del estimulo negativo que hubo presenciado. Su cuerpo se tambaleaba entre las paredes y el centro; las piernas y brazos los extendía con tal de no caer nuevamente. Un ardor en el dedo anular le hizo retirar la mano abruptamente haciendo sacudir su cuerpo, pero su coraje lo hizo actuar decidido con tal de no tocar el fondo. Continuó con su travesía hacia la luz, que ya se vislumbraba menos lejana, y ni siquiera se percató de la uña que hubo dejado incrustada en la pared.
     Las voces ya no se burlaban ni criticaban. Los sonidos no parecían alentarlo. Las figuras en lo alto chismorreaban por como se esforzaba el joven.
     El joven se llenó de furia por escuchar lo que decían de él: "Mira como cayó"; "Ahora cree que podrá salir"; "No entiende que ese es su lugar". Y sin remedio volvió a sentir el piso.
     Intentó ponerse en pie pero el acto reflejo de su cuerpo le ordenaba mantenerse calmó por un rato mientras su cerebro se recuperaba del trauma.
     No hizo caso y volvió a intentar subir.
     Iba lento, pero decidido. Estaba cansado y creyó haber alcanzado gran parte del pozo pero solo llevaba alrededor de un quinto. La luz era lejana e intensa. Los rostros seguían cuchicheando sobre él.
     La piel que era cubierta por la uña empezó a sangrar. La sed provocada por las caídas estaba pasando factura mientras el mareo alejaba y acercaba la luz al principio.
     Ya era la mitad del pozo y las voces seguían ladrando lo que se les ocurría. Esta vez el joven no hizo caso y continuó con su travesía. Las voces se volvían cada vez más intensas y cuando estuvo un poco más arriba pudo apreciar tres susurros que le daban ánimos: su madre, su padre y su verdadero amigo. Fue entonces que se percató de que aquellos débiles alientos sonaron desde el principio, solo que él le había puesto más atención a los demás.
     Esa fuerza que le dieron los débiles susurros le hicieron subir más rápido. Alguien le extendió la mano y él joven trató de alcanzarla pero la mano se esfumó de repente. Casi cae de nuevo a no ser que enterró, con sumo dolor, los dedos entre las piedras.
     Las figuras empezaron a difuminarse como un humo que jamás existió.
     Él ya estaba llegando a lo alto. La luz ya no era de un blanco intenso sino que dejaba apreciar los colores del cielo y las copas de los árboles.
     Faltaba poco, muy poco.
     La adrenalina liberada por el deseo de alcanzar lo imposible dio como resultado su descompensación. Ya no podía estirar el brazo. El ácido láctico ardía dentro de sus músculos y le dificultaba el movimiento. Con una mueca de dolor por llegar a su meta pudo tocar la parte del suelo que estaba deseando.
     Llegó a donde estaba en un principio. No había nadie. Nadie. En verdad que estaba solo. Al parecer solo eran alucinaciones.
     En lo alto todo parecía bello, la tormenta estaba por venir pero ese aire puro y lleno de vida le devolvió los ánimos.
     Decidió volver a su casa por el camino habitual pero de vez en cuando regresaba por aquel lugar, solo para recordar que algún día estuvo dentro del pozo.

     Tenemos errores y debemos enmendarlos; somos humanos. Tenemos errores no hay que borrarlos sino recordarlos.

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