sábado, 24 de marzo de 2012

Una nota que fue de amor


     Era una cálida tarde de otoño en el campo. El sol estaba por desaparecer a la lejanía y le regalaba sus últimos rayos de luz al hogar erigido entre la alfombra de césped. Los terrenos solo se veían limitados por un muro que bordeaba la casa a varios metros de ella, sin embargo los propietarios decidieron que lo esencial debía sobresalir de entre las banalidades.
     La débil luz del crepúsculo se colaba delicada por una de las ventanas de cristal en la estancia de aquel lugar. Los rayos iluminaban de manera tenue el decorado para nada ostentoso de la sala de estar; los tonos celestes de la pared, alguna que otra pintura o busto, el piso de madera, los muebles y cortinas en color beige permanecían estáticos.
     Un plumero se sacudía por una de las esquinas del reloj de péndulo. La mucama estaba en su trabajo cuando escuchó unos pasos que se acercaban desde el pasillo del dormitorio. A la mujer del servicio le vino un sentimiento que le enfrió el pecho por lo que detuvo el plumero y salió con la cabeza gacha hacia la cocina. En ese instante, alguien apareció entre el umbral.
     La dueña de la casa entró en la estancia. Camil era el tipo de mujer de carácter reservado y de la que su poco interés en los accesorios hacía notar que prefería lo sencillo. La holgada blusa de amplias mangas que llevaba puesta, bailaba entre el viento delicadamente a la par de su pantalón negro. Su andar sutil emitía un leve golpeteo en la madera.
     Camil, entre el arco, observó como la luz entraba por las ventanas laterales bañando así los tres muebles y la mesa de centro, los cuadros de la pared estaba tan quietos como siempre que ni siquiera los miró de reojo, escuchaba como el péndulo del reloj marcaba el paso del tiempo por su izquierda y al voltear a la derecha pudo notar las dos palmeras que protegían los costados de su más valiosa posesión: el piano. El instrumento de cola, de un brillante negro exquisito a la vista, era el único y más importante lujo para ella. Siempre afinado y perfecto.
     “No me vendría mal relajarme con una pista”, se dijo tomando rumbo hacia su preciado instrumento.
     No dio más de tres pasos cuando pudo notar algo extraño sobre la caja de resonancia. Al acercarse se percató de la nota de papel doblada a ala mitad que en una de sus caras resguardaba la firme letra de Miguel. Tomó la opalina entre sus dedos para poder leer el mensaje que contenía.
     “Camil” -podía leerse de la tinta negra sobre el papel.
     La nota estaba sobre el piano por algún motivo especial, así que sin demoro desdobló la nota para comenzar a leer el breve recado que le había sido dejado.
     “Quizá esta no sea la manera de decirte algo tan importante –Camil solo contrajo sus ojos-, y yo lo sé, pero no he encontrado el momento para decírtelo. Hubo momentos magníficos  entre los dos, es solo que las cosas no son lo que solían ser. Estos dos últimos años me he sentido tan ajeno a ti, por lo que me he pasado las tardes pensando qué sería lo mejor y no obtengo otra respuesta que el dejar las cosas en paz. Me iré Camil. Yo sé que eres una mujer fuerte y comprensiva y entenderás mis razones, y sobre todo, no pensaras que alguien te sacó del sitio donde estabas.
  Adiós.”
     Camil se quedó quieta por un momento, quizá digiriendo las palabras, y luego dejó la nota en donde la había encontrado. Se sentó en el banquillo del piano muy tranquila y comenzó a tocar una de sus melodías favoritas, una creación suya llamada “Aquella tarde de Abril”.
     Los dedos de Camil se mecían sobre las teclas con suma maestría. Respingaban las teclas haciendo sonar unos acordes sencillos pero encantadores. De repente, los dedos pasaron a acariciar las partes blancas y negras y el ritmo se volvió más pausado. Dichosas las mucamas que escuchaban aquella pista.
     Mientras los dedos disfrutaban del paseo musical, la melodía traía consigo los recuerdos desde el fondo de sus pensamientos. Una débil  sonrisa asomó al rostro de Camil, pero era una sonrisa tan poco esbozada que solo el propio Miguel podría haberla reconocido.
     A la par de la melodía la dueña del piano se vio sumergida en sus recuerdos. Su rostro era tan firme que parecía estar concentrada en los acordes, aunque en realidad era la música la que le guiaba. Estaba concentrada en tocar pero sus pensamientos empezaron a ser más vagos al grado de recordar a un Miguel juvenil, de unos veinte años, salpicándola con el agua de la piscina de aquel hotel en el que ella se hubo hospedado para ofrecer su primera presentación en un cercano conservatorio. Los ojos de Miguel parecían tan iluminados y felices que le recordaron otra escena, aquel viernes de Abril en el que cenaron juntos  por primera vez. Los ojos de Miguel estaban tan concentrados en ella que a Camil le enamoraron irremediablemente.
      La pieza musical estaba tan perfecta, parecía incluso acariciar al viento.
     Los recuerdos avanzaron lentamente hasta aquel momento en que el velo acaricio sus mejillas para descubrir sus labios al que sería  su esposo…  Los ojos de Camil se dirigieron a los dedos que brincaban sobre las teclas del piano, la melodía seso y los anillos que hasta hace unos momentos encontraban su lugar entre sus dedos reposaban ahora sobre la nota que eran lo último que Miguel había dejado en aquella casa.
     La música continuó hasta muy tarde aquel día, mientras los últimos rayos de luz iluminaban los anillos y la hoja blanca sobre el piano sin que ella los mirase mas que una vez al ponerse en pie para dirigirse a su habitación.
     Al subir las escaleras sus pasos hicieron eco entre las paredes, contrastando  con el silencio parcial que guardaba la recamara en penumbras. A pesar de no detenerse a observar su habitación no pudo evitar percatarse de la ausencia de aquella persona cubierta con la mitad del edredón y la luz inusualmente apagada del lado izquierdo de la cama. Camil encendió la luz del baño y conforme empezaba a tomar las prendas de dormir notó los pequeños cambios en el gabinete; ya no había más navajas de afeitar o esas colonias que llenaban con su aroma el pequeño espacio en la pared.
     Aunque la nostalgia no llegó a invadirla, al entrar en la habitación un pequeño y fugaz aire de soledad sopló en su pecho y la única lágrima que podría haber derramado fue suprimida al darse cuenta de la poca importancia de Miguel en su vida…
     Las pocas horas que faltaban para el concierto estaban siendo ocupadas por el último trámite para el divorcio. Habían pasado algunas semanas y los medios parecían deleitarse con la tragedia que sacudía al matrimonio de la magnífica intérprete, aunque a ella no podía importarle menos. Si bien Miguel y Camil no sentían odio entre ellos, solo se veían como extraños  muy cordiales ante la sorpresa delos abogados de ambos y el juez.
     Algunos  reporteros delas mejores revistas dedicadas a la música clásica, en las que Camil había aparecido una o dos veces,  aguardaban interesados a las puertas de juzgado con tal de conseguir algunas palabras acerca del suceso. Camil salió decidida hacia el Mercedes negro que le espera en la acera. Se fue de allí si decir una palabra a los curiosos. Los medios supusieron que el rencor y el dolor para Camil causarían complicaciones en su futuro como artista, y una vez más se equivocaron.
     En los días que siguieron Miguel se vio acorralado por alguno que otro interesado en la nota. Los gustos refinados de Miguel lo condujeron a un agradable restaurante cercano a la editorial en la que él trabajaba.  Fue entonces cuando por caprichos del destino él y una de las reporteras de las revistas más interesadas en el caso de Camil lo reconoció y llegaron a entablar una conversación que limó todas las asperezas de las críticas contra él.
     -¿Entonces es verdad qué ninguno de ustedes traicionó la confianza del otro? –preguntó la reportera con los inocentes ojos que ocultaban sus verdaderas intenciones.
     -Nunca le fu infiel a ella, si es lo que me pregunta –contestó Miguel cortando un pequeño trozo de su bistec completamente indiferente.
     -¿Y por qué no intentaron salvar su matrimonio?
     La reportera se dio cuenta de que había dado en el clavo cuando el hombre frente a ella tomó la servilleta para limpiarse las comisuras de los labios, y dirigiendo su mirada a la mujer decidió ponerle fin al asunto.
     -Cuando trabajas entre los aplausos y lo que amas, tus prioridades cambian.
     -¿Y cuándo sucedió?
     -No lo sé exactamente… pero un día me di cuenta que era menos importante que su piano.

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