Era una cálida
tarde de otoño en el campo. El sol estaba por desaparecer a la lejanía y le
regalaba sus últimos rayos de luz al hogar erigido entre la alfombra de césped.
Los terrenos solo se veían limitados por un muro que bordeaba la casa a varios
metros de ella, sin embargo los propietarios decidieron que lo esencial debía
sobresalir de entre las banalidades.
La débil luz del
crepúsculo se colaba delicada por una de las ventanas de cristal en la estancia
de aquel lugar. Los rayos iluminaban de manera tenue el decorado para nada
ostentoso de la sala de estar; los tonos celestes de la pared, alguna que otra
pintura o busto, el piso de madera, los muebles y cortinas en color beige permanecían
estáticos.
Un plumero se
sacudía por una de las esquinas del reloj de péndulo. La mucama estaba en su
trabajo cuando escuchó unos pasos que se acercaban desde el pasillo del
dormitorio. A la mujer del servicio le vino un sentimiento que le enfrió el
pecho por lo que detuvo el plumero y salió con la cabeza gacha hacia la cocina.
En ese instante, alguien apareció entre el umbral.
La dueña de la
casa entró en la estancia. Camil era el tipo de mujer de carácter reservado y
de la que su poco interés en los accesorios hacía notar que prefería lo sencillo.
La holgada blusa de amplias mangas que llevaba puesta, bailaba entre el viento
delicadamente a la par de su pantalón negro. Su andar sutil emitía un leve
golpeteo en la madera.
Camil, entre el
arco, observó como la luz entraba por las ventanas laterales bañando así los
tres muebles y la mesa de centro, los cuadros de la pared estaba tan quietos
como siempre que ni siquiera los miró de reojo, escuchaba como el péndulo del
reloj marcaba el paso del tiempo por su izquierda y al voltear a la derecha
pudo notar las dos palmeras que protegían los costados de su más valiosa
posesión: el piano. El instrumento de cola, de un brillante negro exquisito a
la vista, era el único y más importante lujo para ella. Siempre afinado y
perfecto.
“No me vendría
mal relajarme con una pista”, se dijo tomando rumbo hacia su preciado
instrumento.
No dio más de
tres pasos cuando pudo notar algo extraño sobre la caja de resonancia. Al
acercarse se percató de la nota de papel doblada a ala mitad que en una de sus
caras resguardaba la firme letra de Miguel. Tomó la opalina entre sus dedos
para poder leer el mensaje que contenía.
“Camil” -podía
leerse de la tinta negra sobre el papel.
La nota estaba
sobre el piano por algún motivo especial, así que sin demoro desdobló la nota
para comenzar a leer el breve recado que le había sido dejado.
“Quizá esta no
sea la manera de decirte algo tan importante –Camil solo contrajo sus ojos-, y
yo lo sé, pero no he encontrado el momento para decírtelo. Hubo momentos magníficos entre los dos, es solo que las cosas no son
lo que solían ser. Estos dos últimos años me he sentido tan ajeno a ti, por lo
que me he pasado las tardes pensando qué sería lo mejor y no obtengo otra
respuesta que el dejar las cosas en paz. Me iré Camil. Yo sé que eres una mujer
fuerte y comprensiva y entenderás mis razones, y sobre todo, no pensaras que
alguien te sacó del sitio donde estabas.
Adiós.”
Camil se quedó
quieta por un momento, quizá digiriendo las palabras, y luego dejó la nota en
donde la había encontrado. Se sentó en el banquillo del piano muy tranquila y
comenzó a tocar una de sus melodías favoritas, una creación suya llamada
“Aquella tarde de Abril”.
Los dedos de
Camil se mecían sobre las teclas con suma maestría. Respingaban las teclas
haciendo sonar unos acordes sencillos pero encantadores. De repente, los dedos
pasaron a acariciar las partes blancas y negras y el ritmo se volvió más
pausado. Dichosas las mucamas que escuchaban aquella pista.
Mientras los
dedos disfrutaban del paseo musical, la melodía traía consigo los recuerdos
desde el fondo de sus pensamientos. Una débil
sonrisa asomó al rostro de Camil, pero era una sonrisa tan poco esbozada
que solo el propio Miguel podría haberla reconocido.
A la par de la
melodía la dueña del piano se vio sumergida en sus recuerdos. Su rostro era tan
firme que parecía estar concentrada en los acordes, aunque en realidad era la
música la que le guiaba. Estaba concentrada en tocar pero sus pensamientos
empezaron a ser más vagos al grado de recordar a un Miguel juvenil, de unos
veinte años, salpicándola con el agua de la piscina de aquel hotel en el que
ella se hubo hospedado para ofrecer su primera presentación en un cercano
conservatorio. Los ojos de Miguel parecían tan iluminados y felices que le
recordaron otra escena, aquel viernes de Abril en el que cenaron juntos por primera vez. Los ojos de Miguel estaban
tan concentrados en ella que a Camil le enamoraron irremediablemente.
La pieza musical
estaba tan perfecta, parecía incluso acariciar al viento.
Los recuerdos
avanzaron lentamente hasta aquel momento en que el velo acaricio sus mejillas
para descubrir sus labios al que sería
su esposo… Los ojos de Camil se
dirigieron a los dedos que brincaban sobre las teclas del piano, la melodía
seso y los anillos que hasta hace unos momentos encontraban su lugar entre sus
dedos reposaban ahora sobre la nota que eran lo último que Miguel había dejado en
aquella casa.
La música
continuó hasta muy tarde aquel día, mientras los últimos rayos de luz
iluminaban los anillos y la hoja blanca sobre el piano sin que ella los mirase
mas que una vez al ponerse en pie para dirigirse a su habitación.
Al subir las
escaleras sus pasos hicieron eco entre las paredes, contrastando con el silencio parcial que guardaba la
recamara en penumbras. A pesar de no detenerse a observar su habitación no pudo
evitar percatarse de la ausencia de aquella persona cubierta con la mitad del
edredón y la luz inusualmente apagada del lado izquierdo de la cama. Camil
encendió la luz del baño y conforme empezaba a tomar las prendas de dormir notó
los pequeños cambios en el gabinete; ya no había más navajas de afeitar o esas
colonias que llenaban con su aroma el pequeño espacio en la pared.
Aunque la
nostalgia no llegó a invadirla, al entrar en la habitación un pequeño y fugaz
aire de soledad sopló en su pecho y la única lágrima que podría haber derramado
fue suprimida al darse cuenta de la poca importancia de Miguel en su vida…
Las pocas horas
que faltaban para el concierto estaban siendo ocupadas por el último trámite
para el divorcio. Habían pasado algunas semanas y los medios parecían
deleitarse con la tragedia que sacudía al matrimonio de la magnífica
intérprete, aunque a ella no podía importarle menos. Si bien Miguel y Camil no
sentían odio entre ellos, solo se veían como extraños muy cordiales ante la sorpresa delos abogados
de ambos y el juez.
Algunos reporteros delas mejores revistas dedicadas a
la música clásica, en las que Camil había aparecido una o dos veces, aguardaban interesados a las puertas de
juzgado con tal de conseguir algunas palabras acerca del suceso. Camil salió
decidida hacia el Mercedes negro que le espera en la acera. Se fue de allí si
decir una palabra a los curiosos. Los medios supusieron que el rencor y el
dolor para Camil causarían complicaciones en su futuro como artista, y una vez
más se equivocaron.
En los días que
siguieron Miguel se vio acorralado por alguno que otro interesado en la nota.
Los gustos refinados de Miguel lo condujeron a un agradable restaurante cercano
a la editorial en la que él trabajaba.
Fue entonces cuando por caprichos del destino él y una de las reporteras
de las revistas más interesadas en el caso de Camil lo reconoció y llegaron a
entablar una conversación que limó todas las asperezas de las críticas contra
él.
-¿Entonces es
verdad qué ninguno de ustedes traicionó la confianza del otro? –preguntó la
reportera con los inocentes ojos que ocultaban sus verdaderas intenciones.
-Nunca le fu
infiel a ella, si es lo que me pregunta –contestó Miguel cortando un pequeño
trozo de su bistec completamente indiferente.
-¿Y por qué no
intentaron salvar su matrimonio?
La reportera se
dio cuenta de que había dado en el clavo cuando el hombre frente a ella tomó la
servilleta para limpiarse las comisuras de los labios, y dirigiendo su mirada a
la mujer decidió ponerle fin al asunto.
-Cuando trabajas
entre los aplausos y lo que amas, tus prioridades cambian.
-¿Y cuándo
sucedió?
-No lo sé
exactamente… pero un día me di cuenta que era menos importante que su piano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario