sábado, 24 de marzo de 2012

Malleus Maleficarum


     Los gritos empezaron a escucharse por todo el pueblo.  Ese día trece daba la impresión de ser tan tranquilo y sereno que nadie se imaginó de lo que estaba por suceder durante la caída del sol. Elly Zugarramurdi estaba con el joven Arthur en su hogar, muy pálido y macilento, cuando tumbaron la puerta principal tres hombres fuertes que impusieron su presencia al verla realizar la peor de las atrocidades. El ruido la impresionó tanto que se vio sobresaltada sobre la silla adjunta a la cama a la par en el que sus cuencas extrañadas rebuscaban desorientadas alguna explicación de aquel evento. Ninguno de los hombres se dignó a cruzar palabras con ella, pues con lo poco que habían visto bastaba, para ellos y para cualquiera, para someterla. El más grande y barbudo la tomó estrujándola con sus recias manos y le dio la vuelta mientras ella luchaba por pedir alguna explicación, lo único que obtuvo fue una soga al cuello por parte del otro caballero con la armadura sucia de sangre e impregnada de hollín. El tercer caballero sacó al joven Arthur de la casa pues solo era la victima de las atrocidades por parte de la mujerzuela y sería necesario para el juicio de las demandadas.
     A Elly le empezó a irritar la soga que llevaba al cuello pero no se arrepentía de lo que había estado haciéndole al pobre Arthur; solo ver por la ventana le revelaba el final que estaba por alcanzar cuando notó los troncos siendo reunidos en la plazuela del pueblo: la quemarían viva, en la hoguera. Meses antes le habían advertido a Elly Zugarramurdi, una compañera de común interés, que dejara sus prácticas en pausa por algunos días pues había escuchado de algunas otras que empezarían a ser perseguidas: “Si tu quieres puedes dejar de hacerlo, pero yo lo defenderé hasta que me convierta en cenizas.”, le había dicho muy firme con la esperanza de que su compañera no desistiera. Empezó a forcejear con el cuello, después el cuerpo entero,  pero solo terminó por enrojecer la piel de sus muñecas. Lo intentó nuevamente con tal de no darse por vencida y recibió una cachetada por el que llevaba la soga argumentando que las mujeres deberían de obedecer a los hombres, puesto que había un Dios no una Diosa.
     A Elly le ardía la cara a causa del bofetón por la inmensa mano del caballero. Al salir por el umbral notó la gente aguardando para verla y Elly pensó que las cosas empezarían a dar un giro benévolo pero sus especulaciones acabaron al llegarle el montón de burlas, los tomates ensuciando su ropa y los escupitajos de la vecina que más la detestaba, quien no soportó la ansiedad de decirle con una sonrisa macabra y despotismo: “Al fin hice que te fueras de aquí.”. Fue entonces cuando Elly comprendió que las acusaciones en su contra venían de la esposa del mercero a causa de los celos que le provocaba que su marido se fijase más en la actitud de Elly que en la belleza incalculable de ella. Las mujeres son capaces de hacer lo que sea con tal de defender lo que es suyo y un marido no es la excepción, pero Elly no tenía la más mínima intensión de sonsacarle el esposo  puesto que estaba más enfocada en sus actividades prohibidas aunque los celos de la esposa la cegaron tanto que cometió un crimen peor que la misma Elly ante los ojos del Divino Verbo.
     La madre del joven Arthur la veía sufrir entre la multitud. Elly le clavó la mirada esperando en ella una última oportunidad para acabar con el malentendido a lo qué la mujer robusta y de caderas amplias solo supo apretar los labios y limpiarse las lagrimas mientras se alejaba pensando: “Si la defiendo me… No puedo dejar solo a Arthur”. La principal prioridad de una mujer será mantener a gusto a su familia porque ellas saben el verdadero significado del sacrificio y justo por esos motivos una mujer fuerte como la madre de Arthur no podía dejar a su hijo moribundo al azar del destino. Para la pobre de Elly no eran buenas noticias que la única mujer que apoyaba su causa le diera la espalda de esa forma pero luego lo pensó por un instante y se dio cuenta de que hubiera hecho lo mismo de estar en su lugar.
     Un fuerte tirón de la cuerda le hizo a Elly sentirse ahorcada, y es que la gravedad había conspirado en su contra junto con el caballero barbudo de yelmo ausente para hacerla caer en el empedrado de la avenida frente a la mesa de uno de los jueces. Las manos de Elly estaban tocando el suelo mientras su cuerpo frágil trataba de ponerse en pie, tenía las piernas dobladas y la cadera algo torcida cuando vio a un hombre de armadura misteriosa sentado por detrás de una mesa con algunos expedientes.
     -Esta es la hereje, señor.
     La voz parecía venir detrás de Elly y el único a sus espaldas era el caballero barbudo que no se dignaba a verla a los ojos. Elly no se sentía inferior a ellos. Trató de ponerse en pie pero el abominable hombre la hizo caer cuando le puso el pie en la espalda. Los cabellos de Elly sentían el roce de la punta del escarpe sobre su cabeza y pensó un rápido movimiento para retirarlo, pero la audacia de la mente de Elly solo se vio opacada mediante la fuerza bruta del hombre. En aquel entonces las mujeres eran tan inferiores que a Elly le repugnaba la idea de casarse y verse sometida mediante un crio ebrio cuya única manera de mostrarle afecto fuera tratarla como alguien insignificante. La opresión que sufrían las mujeres era un cliché social aceptable mediante la creación de leyes que protegían a los maridos perversos poniendo a sus pies a las aún incomprendidas damas; por supuesto no todo era amargura y maltrato pues también existían aquellos que las amaban y trataban como su igual, pero eran pocos.
     -Elly Zugarramurdi –dijo mientras llenaba una de las planchas en su escritorio con los generales-, se le acusa a usted, al igual que a muchas otras, de demonolatría y prácticas herejes que van en contra de los preceptos de la Santa Inquisición.
     Elly bien sabía de qué podrían acusarla y los frascos y recipientes llenos de sangre de Arthur solo serían el pretexto perfecto para condenarla al inmediato, entonces se armó de valor y desde el suelo apretó los dientes y pareció escupir las palabras por lo iracunda que se encontraba:
     -Nun-ca-hi-ce-na-da-ma-lo…
     El caballero le quitó el pie por órdenes del hombre sentado en la mesa. La tomó de las greñas y puso su cara frente al Inquisidor mientras Elly forcejeaba por quitarle las manos encima.
     -¡Llévense a la mujerzuela, atenla en la hoguera!
     El caballero de estatura media con azules ojos traidores y cicatrices de arañazos recientes lograba percibirse iracundo al tener que verla a la cara. Ella era una blasfemia para él, pero para Elly Zugarramurdi el verdadero sacrilegio lo cometían todos esos caballeros. Era increíble. Muchos pensarían que se trataba de la lucha de la Iglesia contra las religiones paganas pero ni una mujer se atrevía a poner un pie en las puertas de algún Inquisidor sin el temor de convertirse en una acusada; parecía más una lucha de géneros, hombres contra mujeres probando quien podía ser mejor en el mundo, y los niñatos de barbas viriles llevaban la delantera.
     Lo cierto era que ambos eran importantes. No podía existir uno sin el otro. Pero había algo en la condición de la mujer que los mismos hombres envidiaban. Nacía, se convertía en doncella, luego en esposa, pero lo más místico era que tenía la capacidad de convertirse en Diosa al quedar impregnada de amor, y eso fue lo que en parte disgustó a Clemente mientras se ponía la venda en los ojos olvidando así a la que había sido la Madre María. Los caballeros nunca analizaron eso, solo seguían las ordenes de un viejo malhumorado que controlaba el imperio mejor estructurado de todos. Pero dentro de ellos había uno en especial, uno que vio a Elly desde las sombras y siguió sus pasos hasta la hoguera en donde sería quemada cuando todas las traidoras estuviesen reunidas.
     Estando en la hoguera sintió el frio de la madera  y no le importó reconocer de qué clase se trataba puesto que solo le quedaban horas de vida y prefería enfocarse en decidir como salir de aquel lugar. La oscuridad era parcial y no se veía detrás de la hilera de hogueras que llenaban la plaza, la compañera de práctica de Elly también estaba allí, y mientras Elly se quedaba viéndola sabiendo que ambas tendrían el mismo destino sintió un tirón en las muñecas y después de eso las sogas se deslizaron por el tronco haciéndola libre.
     Elly estaba por irse cuando recordó a Anne-Marie Saunière, su amiga incondicional de todas horas, atada a unos cuantos metros. No podía dejarla solo, una verdadera mujer no lo haría. Así que corrió a prisa hasta estar detrás de Anne-Marie quien con sumo cariño y sumida en sus pensamientos de empatía le dijo:
     -Sálvate, no tiene caso que te encuentren por mí.
     Elly no escuchó las palabras y terminó por liberarla en unos cuantos minutos. Había perdido dos uñas a causa de eso pero era un sacrificio menor que podía correr por una amiga como Anne-Marie. A Anne-Marie pareció no importarle el hecho de quedar en libertad y Elly comprendió en parte el secreto que aguardaba su mirar doloroso: algo malévolo acechaba el ama de Anne- Marie. Elly no la cuestionó acerca de los motivos y la tomó del brazo para que ambas huyeran fuera del pueblo. Pasaron por la avenida principal y Elly notó al extraño caballero que la había visto con mucho interés asintiendo con su cabeza por lo que se confundió para luego entender que había sido él quien la había liberado. Pasó por la que era la casa de Anne-Marie y vio el cuerpo sin vida de su esposo, entonces comprendió la debilidad de Anne-Marie quien corrió hacia el bulto sangrante tumbado en el pórtico; Elly no supo si dejarla perdida en su fantasía de volverlo a ver con vida a su marido o llevársela muy lejos y que jamás hubiese tenido al oportunidad de sanar ese doloroso recuerdo con un ultimo soplido de amor. Al parecer el marido de Anne-Marie la había defendido de los Inquisidores y por ello encontró la muerte en un instante después de batirse a golpes con uno de los caballeros con tal de salvaguardarla.
     Para Anne-Marie no pasó el tiempo al acariciar el pecho de su ex amante, su cuerpo aun estaba cálido pero quizá era por las casas en llamas a causa de todo el ajetreo. No lloró, no por un momento, pues el dolor era tan grande que se ahoga en su pecho y le inundaba los ojos sin derramar una lagrima. Sollozaba en silencio y pasaron unos segundos hasta que recordó a Elly aguardando su destino. No podía permitirse elegir entre Jaques y Elly, no en vida; sin uno de ellos la decisión fue dolorosa pero necesaria para la sobrevivencia de ambas. Dejó a Jaques tumbado en la acera pero le besó la frente y le puso su anillo de bodas antes de partir, fue entonces que la única lágrima que pudo escapar confirmó el amor eterno entre Anne-Marie y Jaques.
     Elly vio los troncos secos a la lejanía y de repente el fuego abrazador bailando un vals de viento que alcanzaba a iluminar algunas de las casas del frente. Se escucharon los gritos de algunos caballeros y el viento le trajo las malas nuevas.
     -¡¿Dónde esta la sanguinaria bruja y la tal Marie?!
     Ambas corrieron entre la poca gente que no presenciaba la hoguera masiva de las brujas del poblado. Los gritos de la tortura carcomían el alma a quien era receptor del sonido. Era como el chillido de varias mujeres unido en una solo sinfonía de misericordia, un alarido desesperado por salir de las brasas e inclusive una reminiscencia del yugo masculino contra ellas.
     Elly Zugarramurdi y Anne-Marie de Saunière salieron del pueblo para nunca más volver. Tomaron caminos y envejecieron con gracia en algún lugar lejano de la tierra. Ninguna de las dos volvió a ejercer la medicina o intentar la primera transfusión de sangre para no ser consideraras una abominación, aunque el Malleus Maleficarum siempre las consideraría unas brujas.

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