Los gritos
empezaron a escucharse por todo el pueblo. Ese día trece daba la impresión de ser tan
tranquilo y sereno que nadie se imaginó de lo que estaba por suceder durante la
caída del sol. Elly Zugarramurdi estaba con el joven Arthur en su hogar, muy
pálido y macilento, cuando tumbaron la puerta principal tres hombres fuertes
que impusieron su presencia al verla realizar la peor de las atrocidades. El
ruido la impresionó tanto que se vio sobresaltada sobre la silla adjunta a la
cama a la par en el que sus cuencas extrañadas rebuscaban desorientadas alguna
explicación de aquel evento. Ninguno de los hombres se dignó a cruzar palabras
con ella, pues con lo poco que habían visto bastaba, para ellos y para
cualquiera, para someterla. El más grande y barbudo la tomó estrujándola con
sus recias manos y le dio la vuelta mientras ella luchaba por pedir alguna
explicación, lo único que obtuvo fue una soga al cuello por parte del otro
caballero con la armadura sucia de sangre e impregnada de hollín. El tercer
caballero sacó al joven Arthur de la casa pues solo era la victima de las
atrocidades por parte de la mujerzuela y sería necesario para el juicio de las
demandadas.
A Elly le empezó
a irritar la soga que llevaba al cuello pero no se arrepentía de lo que había
estado haciéndole al pobre Arthur; solo ver por la ventana le revelaba el final
que estaba por alcanzar cuando notó los troncos siendo reunidos en la plazuela
del pueblo: la quemarían viva, en la hoguera. Meses antes le habían advertido a
Elly Zugarramurdi, una compañera de común interés, que dejara sus prácticas en
pausa por algunos días pues había escuchado de algunas otras que empezarían a
ser perseguidas: “Si tu quieres puedes dejar de hacerlo, pero yo lo defenderé
hasta que me convierta en cenizas.”, le había dicho muy firme con la esperanza
de que su compañera no desistiera. Empezó a forcejear con el cuello, después el
cuerpo entero, pero solo terminó por
enrojecer la piel de sus muñecas. Lo intentó nuevamente con tal de no darse por
vencida y recibió una cachetada por el que llevaba la soga argumentando que las
mujeres deberían de obedecer a los hombres, puesto que había un Dios no una
Diosa.
A Elly le ardía
la cara a causa del bofetón por la inmensa mano del caballero. Al salir por el
umbral notó la gente aguardando para verla y Elly pensó que las cosas
empezarían a dar un giro benévolo pero sus especulaciones acabaron al llegarle
el montón de burlas, los tomates ensuciando su ropa y los escupitajos de la
vecina que más la detestaba, quien no soportó la ansiedad de decirle con una
sonrisa macabra y despotismo: “Al fin hice que te fueras de aquí.”. Fue
entonces cuando Elly comprendió que las acusaciones en su contra venían de la esposa
del mercero a causa de los celos que le provocaba que su marido se fijase más
en la actitud de Elly que en la belleza incalculable de ella. Las mujeres son
capaces de hacer lo que sea con tal de defender lo que es suyo y un marido no
es la excepción, pero Elly no tenía la más mínima intensión de sonsacarle el
esposo puesto que estaba más enfocada en
sus actividades prohibidas aunque los celos de la esposa la cegaron tanto que
cometió un crimen peor que la misma Elly ante los ojos del Divino Verbo.
La madre del joven Arthur la veía sufrir
entre la multitud. Elly le clavó la mirada esperando en ella una última
oportunidad para acabar con el malentendido a lo qué la mujer robusta y de
caderas amplias solo supo apretar los labios y limpiarse las lagrimas mientras
se alejaba pensando: “Si la defiendo me… No puedo dejar solo a Arthur”. La
principal prioridad de una mujer será mantener a gusto a su familia porque
ellas saben el verdadero significado del sacrificio y justo por esos motivos
una mujer fuerte como la madre de Arthur no podía dejar a su hijo moribundo al
azar del destino. Para la pobre de Elly no eran buenas noticias que la única
mujer que apoyaba su causa le diera la espalda de esa forma pero luego lo pensó
por un instante y se dio cuenta de que hubiera hecho lo mismo de estar en su
lugar.
Un fuerte tirón
de la cuerda le hizo a Elly sentirse ahorcada, y es que la gravedad había
conspirado en su contra junto con el caballero barbudo de yelmo ausente para
hacerla caer en el empedrado de la avenida frente a la mesa de uno de los
jueces. Las manos de Elly estaban tocando el suelo mientras su cuerpo frágil
trataba de ponerse en pie, tenía las piernas dobladas y la cadera algo torcida
cuando vio a un hombre de armadura misteriosa sentado por detrás de una mesa
con algunos expedientes.
-Esta es la
hereje, señor.
La voz parecía
venir detrás de Elly y el único a sus espaldas era el caballero barbudo que no
se dignaba a verla a los ojos. Elly no se sentía inferior a ellos. Trató de
ponerse en pie pero el abominable hombre la hizo caer cuando le puso el pie en
la espalda. Los cabellos de Elly sentían el roce de la punta del escarpe sobre
su cabeza y pensó un rápido movimiento para retirarlo, pero la audacia de la
mente de Elly solo se vio opacada mediante la fuerza bruta del hombre. En aquel
entonces las mujeres eran tan inferiores que a Elly le repugnaba la idea de
casarse y verse sometida mediante un crio ebrio cuya única manera de mostrarle
afecto fuera tratarla como alguien insignificante. La opresión que sufrían las
mujeres era un cliché social aceptable mediante la creación de leyes que
protegían a los maridos perversos poniendo a sus pies a las aún incomprendidas
damas; por supuesto no todo era amargura y maltrato pues también existían aquellos
que las amaban y trataban como su igual, pero eran pocos.
-Elly Zugarramurdi
–dijo mientras llenaba una de las planchas en su escritorio con los generales-,
se le acusa a usted, al igual que a muchas otras, de demonolatría y prácticas
herejes que van en contra de los preceptos de la Santa Inquisición.
Elly bien sabía
de qué podrían acusarla y los frascos y recipientes llenos de sangre de Arthur
solo serían el pretexto perfecto para condenarla al inmediato, entonces se armó
de valor y desde el suelo apretó los dientes y pareció escupir las palabras por
lo iracunda que se encontraba:
-Nun-ca-hi-ce-na-da-ma-lo…
El caballero le
quitó el pie por órdenes del hombre sentado en la mesa. La tomó de las greñas y
puso su cara frente al Inquisidor mientras Elly forcejeaba por quitarle las
manos encima.
-¡Llévense a la
mujerzuela, atenla en la hoguera!
El caballero de
estatura media con azules ojos traidores y cicatrices de arañazos recientes
lograba percibirse iracundo al tener que verla a la cara. Ella era una
blasfemia para él, pero para Elly Zugarramurdi el verdadero sacrilegio lo
cometían todos esos caballeros. Era increíble. Muchos pensarían que se trataba
de la lucha de la Iglesia contra las religiones paganas pero ni una mujer se
atrevía a poner un pie en las puertas de algún Inquisidor sin el temor de convertirse
en una acusada; parecía más una lucha de géneros, hombres contra mujeres
probando quien podía ser mejor en el mundo, y los niñatos de barbas viriles
llevaban la delantera.
Lo cierto era que
ambos eran importantes. No podía existir uno sin el otro. Pero había algo en la
condición de la mujer que los mismos hombres envidiaban. Nacía, se convertía en
doncella, luego en esposa, pero lo más místico era que tenía la capacidad de
convertirse en Diosa al quedar impregnada de amor, y eso fue lo que en parte disgustó
a Clemente mientras se ponía la venda en los ojos olvidando así a la que había
sido la Madre María. Los caballeros nunca analizaron eso, solo seguían las
ordenes de un viejo malhumorado que controlaba el imperio mejor estructurado de
todos. Pero dentro de ellos había uno en especial, uno que vio a Elly desde las
sombras y siguió sus pasos hasta la hoguera en donde sería quemada cuando todas
las traidoras estuviesen reunidas.
Estando en la
hoguera sintió el frio de la madera y no
le importó reconocer de qué clase se trataba puesto que solo le quedaban horas
de vida y prefería enfocarse en decidir como salir de aquel lugar. La oscuridad
era parcial y no se veía detrás de la hilera de hogueras que llenaban la plaza,
la compañera de práctica de Elly también estaba allí, y mientras Elly se
quedaba viéndola sabiendo que ambas tendrían el mismo destino sintió un tirón
en las muñecas y después de eso las sogas se deslizaron por el tronco
haciéndola libre.
Elly estaba por
irse cuando recordó a Anne-Marie Saunière, su amiga incondicional de todas
horas, atada a unos cuantos metros. No podía dejarla solo, una verdadera mujer
no lo haría. Así que corrió a prisa hasta estar detrás de Anne-Marie quien con
sumo cariño y sumida en sus pensamientos de empatía le dijo:
-Sálvate, no
tiene caso que te encuentren por mí.
Elly no escuchó
las palabras y terminó por liberarla en unos cuantos minutos. Había perdido dos
uñas a causa de eso pero era un sacrificio menor que podía correr por una amiga
como Anne-Marie. A Anne-Marie pareció no importarle el hecho de quedar en
libertad y Elly comprendió en parte el secreto que aguardaba su mirar doloroso:
algo malévolo acechaba el ama de Anne- Marie. Elly no la cuestionó acerca de
los motivos y la tomó del brazo para que ambas huyeran fuera del pueblo.
Pasaron por la avenida principal y Elly notó al extraño caballero que la había
visto con mucho interés asintiendo con su cabeza por lo que se confundió para
luego entender que había sido él quien la había liberado. Pasó por la que era
la casa de Anne-Marie y vio el cuerpo sin vida de su esposo, entonces
comprendió la debilidad de Anne-Marie quien corrió hacia el bulto sangrante tumbado
en el pórtico; Elly no supo si dejarla perdida en su fantasía de volverlo a ver
con vida a su marido o llevársela muy lejos y que jamás hubiese tenido al
oportunidad de sanar ese doloroso recuerdo con un ultimo soplido de amor. Al
parecer el marido de Anne-Marie la había defendido de los Inquisidores y por
ello encontró la muerte en un instante después de batirse a golpes con uno de
los caballeros con tal de salvaguardarla.
Para Anne-Marie
no pasó el tiempo al acariciar el pecho de su ex amante, su cuerpo aun estaba
cálido pero quizá era por las casas en llamas a causa de todo el ajetreo. No
lloró, no por un momento, pues el dolor era tan grande que se ahoga en su pecho
y le inundaba los ojos sin derramar una lagrima. Sollozaba en silencio y pasaron
unos segundos hasta que recordó a Elly aguardando su destino. No podía
permitirse elegir entre Jaques y Elly, no en vida; sin uno de ellos la decisión
fue dolorosa pero necesaria para la sobrevivencia de ambas. Dejó a Jaques
tumbado en la acera pero le besó la frente y le puso su anillo de bodas antes
de partir, fue entonces que la única lágrima que pudo escapar confirmó el amor
eterno entre Anne-Marie y Jaques.
Elly vio los
troncos secos a la lejanía y de repente el fuego abrazador bailando un vals de
viento que alcanzaba a iluminar algunas de las casas del frente. Se escucharon
los gritos de algunos caballeros y el viento le trajo las malas nuevas.
-¡¿Dónde esta la
sanguinaria bruja y la tal Marie?!
Ambas corrieron
entre la poca gente que no presenciaba la hoguera masiva de las brujas del
poblado. Los gritos de la tortura carcomían el alma a quien era receptor del
sonido. Era como el chillido de varias mujeres unido en una solo sinfonía de
misericordia, un alarido desesperado por salir de las brasas e inclusive una
reminiscencia del yugo masculino contra ellas.
Elly Zugarramurdi
y Anne-Marie de Saunière salieron del pueblo para nunca más volver. Tomaron
caminos y envejecieron con gracia en algún lugar lejano de la tierra. Ninguna
de las dos volvió a ejercer la medicina o intentar la primera transfusión de
sangre para no ser consideraras una abominación, aunque el Malleus Maleficarum
siempre las consideraría unas brujas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario