sábado, 24 de marzo de 2012

La leyenda del estanque de lotos


     Hace ya bastante tiempo, antes de haber conocido al último y un tanto anterior al primero, hubo una niña. Nacida por los meses en donde el sol arrecía pero te envuelven las suaves brisas, y en el que las lluvias empiezan a soltarse de repente por culpa del verano, llegó al mundo en el seno de una familia normal. No era rica ni pobre, pero en aquellos tiempos la miseria era algo tan popular y la estabilidad un milagro que los de abajo respetaban a la familia y los de arriba... bueno, en realidad no les tomaban importancia.
     Nació una noche en la que el claro de luna iluminaba, sutil y sereno, las chozas de madera y paja. Los gritos de su madre resonaban huecos entre las calles del pueblo por culpa de los inminentes dolores causados por el majestuoso milagro. Gritos de alegría y sufrimiento reconciliándose en uno. Su madre estaba tan pálida como el marfil que incluso parecía invisible al bañarle la luz de aquella joya del cielo al entrar por la ventana. La sangre corría entre sus piernas mientras la niña asomaba la cabeza al mundo. Entonces ella le donó la vida a su hija.
     Luon siempre fue reservada -su padre creía que era el hecho de no tener madre- pero al mismo tiempo tenía un carácter fuerte y decidido. De niña siempre fue desobediente y a la par noble. De joven se volvió rebelde pero sin perder los estribos; sabía perfectamente en que meterse y en que no.
     Llegaron sus veinte años.
     Luon había intentado prácticamente de todo. Conocía de pintura, corría mejor que otros, escribía hermosos versos, tocaba singularmente la cítara, bebía alcoholes responsablemente, paseaba sola por las noches oscuras, conocía muchos lugares, sabía como escapar de casa sin ser percibida, peleaba mejor que muchos hombres y no le daban miedo esas cosas porque eran familiares; le temía a lo desconocido, es por ello que intentaba cosas nuevas. La muerte era su gloriosa y dulce incógnita.
     Y había algo que le hacía pensar en la vida: la luna.
     Cuando la luna no aparecía en el cielo era para ella una tortura. Se sentía vacía, impaciente por verla otra vez, sin alguien a quien contarle sus secretos o hazañas. Era angustiante y deprimente no contemplarla.
     Una noche tirada en el patio de su casa Luon miraba la luna. Daba la impresión de ser una cuna plateada. Ella se llevó las manos al vientre y lo abrazó con suavidad mientras se sumía en sus penas. Deseaba alguien que la amara y alguien al quien amar. Quería un hijo.  Lo único malo es que su carácter no era el que los hombres de su época esperaban de una doncella: sumisa, sensible, y callada, por no decir más.
     Al abrir los ojos la luna pareció aún más atractiva. Esos momentos de no verla acentuaron su encanto.
     Luon dudaba de lo que estaba apunto de hacer pero sabía que era lo correcto.
     -Madre -su dulce voz estaba segura-, entiendo que vosotros debéis tener algo mejor que hacer que escuchar mis plegarias pero… al ver vuestra manera de mostrarse esta noche no puedo evitar pensar que me falta alguien a mi lado.
     La luna estaba quieta. Suspendida en el cielo como siempre, no hacía más que brillar.
     -Yo sé que una belleza como vosotros quizá no se inmute ante mis palabras –los ojos de Luon no se despegaron del brillo purificador de su segunda madre-, y lo entendería si es así. Es solo que cada vez me siento más sola.
     La noche pareció detenerse, más bien deprimirse. La luna brillaba pero, parecía afectada por lo triste que se veía Luon. Que extraño. Luon estaba delicadamente acomodada en el césped, casi parecía un lugar hecho para ella. Sus manos no dejaban el vientre y su rostro nostálgico parecía desear algo desde lo profundo del alma.
     -Es obvio que vosotros no tenéis la culpa, la única culpable de mi soledad soy yo. Os admiro como el canto del ruiseñor admira al enamorado. Sin embargo… esto es tan difícil.
     -Quisiera un hijo madre, en verdad que si. Pero para ello necesito alguien al que ame, porque me han de amar algunos, pero si no son los indicados acabaran hartándose como algunos antes.
     Las estrellas titilaron durante la conversación, parecían lágrimas comprensibles del cielo. La luna escuchaba atenta, callando forzadamente su empatía.
     -Esto es tan doloroso –y Luon cerró los ojos para no llorar-. Creo que volveré dentro. Os he de estar contagiando con mi pena y no quiero que el mundo entero se pierda de vuestra belleza, esa hermosura que os veo en tu delicada forma y que me embelesa desde pequeña.
     Dicho esto Luon se puso en pie, se alisó la túnica amarillo pastel que le daba hasta los tobillos y se acomodó el cabello con la peineta que llevaba puesta. A Luon no le gustaba arreglarse tanto y ese encanto natural atraía a muchos –por momentos-; Luon era diferente a lo que todos esperaban. Nada ostentosa, ella si era bella, no como las monas que se emperejilaban solo para atraer un buen marido. Una similitud más con la luna.
     El estanque en su patio tenía lotos creciendo y quiso ver por última vez la belleza cautivadora de su madre, aunque fuese por el reflejo del agua.
     -Espera…
     Luon escuchó el susurro que parecía venir de ningún lado.  Era hueco, potente y, aunque no reconocía la delicada voz, se le hacía familiar.
     Luon estaba desconcertada, alguien la espiaba, era obvio. Miró a todos los rincones del jardín pero no había nada asomándose por encima de la valla, tampoco entre los cerezos, ni mucho menos al terminar el puente en el que ella estaba parada. Nadie. No, no había nadie.
     -Me has conocido tan bien que tu tristeza me conmueve –la voz sonaba de quien sabe dónde-, pequeña. Yo sé que esto no es lo que buscáis pero es lo único que puedo ofrecerte.
     -¿Quien anda ahí? –preguntó algo molesta Luon.
     -Ojala que esto pueda ayudarte a encontrar al indicado…
     Luon sintió un mareo terrible. Intentó sostenerse del barandal pero la débil madera terminó por quebrarse. Luon cayó al agua. Los lotos volaron al ella introducirse.  Intentaba moverse pero algo le impedía mover sus músculos. El agua estaba fría como las noches de invierno. Luon, desesperada por salir, agitó todo su cuerpo pero nada pasó. No se movía.
     La luna estaba en lo alto del cielo, adornando lo profundo de la noche. Era tan gris que parecía de plata y entonces en eso empezó a decolorarse. Parecía deslavada, algo le estaba pasando. Ya no era tan resplandeciente. Se volvió gris. Luego blancuzca. Y terminó poniéndose algo anaranjada. Mientras, en el estanque, el agua empezó a tomar un brillo singular.
     Luon no podía apreciar el milagro porque tenía los ojos cerrados, pero de tenerlos abiertos hubiera visto como el agua imitaba el resplandeciente gris de la luna asemejándose al mercurio.
     Luon estaba dentro de aquella agua, que parecía más mercurio, en el fondo del estanque. De repente el color del agua empezó a absorberse como esponja hacía dentro del cuerpo de Luon. Fue rápido. Luon pudo moverse al fin y sintió algo extraño corriendo entre sus venas aunque lo que más le preocupaba era salir del fondo pues se estaba ahogando. Nadó desesperadamente a la superficie y al llegar tomó una enorme bocanada de aire. Agitada decidió salir del agua por completo y descansar sus pulmones en el suelo.
     Estando bocarriba se percató de algo que la extrañó. Luon casi llora al ver como su preciada luna hubo perdido su color.
     Quizá uno, quizá dos, quizá tres. Pasó el tiempo y Luon aún veía a su ídolo pálida cada minuto. Ella continuaba sintiendo algo extraño dentro de sí pero no sabía qué, era como si algo se bombeara junto con la sangre.
     Muchos hombres habían comenzado a seguirla, y ella no entendía el por qué, aunque intuía que se trataba de lo ocurrido aquella noche. Se sentía como una flor atrayendo a varios zánganos, lo cual no le agradaba; era la envidia de todas las mujeres del pueblo.
     No se sabía porque la luna había tomado ese tono anaranjado. No entendía que le había pasado aquella noche. No tenía idea de que sentía correr por sus venas. Sin embargo sospechaba que aquellos susurros solo podían venir del cielo, y no había nada más en el cielo que la adorada luna. Todo apuntaba a ella.
     Llegó la noche.
     Pensaba que era algo demente pero era la única forma de saber si la conexión que ella creía posible era verdad. Decidió ir al estanque. Una vez allí se sentó y meditó un rato, calmó su cuerpo y liberó su mente. Cuando sintió que sus vibraciones controlaban el físico comenzó a practicar. No tenía idea de que hacer así que movía sus manos lentamente de atrás a delante. No pasó nada. Ella continuó haciéndolo por largo rato. Volvió a no pasar nada. Entonces ella pensó en aquello que corría junto con su sangre e intentó hacerlo mover dentro de sí. Lo logró. La sensación producía cosquillas y cierta calma. Estaba tan concentrada en su cuerpo que no notó que el agua del estanque comenzó a obedecerla.
     Anonadada, Luon interrumpió la práctica y el agua se detuvo.
     Tenía razón, su segunda madre le otorgó el poder. Podía controlar el agua.
     Cuando dio la vuelta vio a un hombre asomándose por entre la valla, justo detrás de un cerezo. Luon temió a que el hombre la considerara un monstruo.
     -¿Quien eres? –preguntó relajado el hombre.
     -¿Qué haces investigando mi casa?, sería una mejor pregunta.
     -Eres la mujer única –sus hoyuelos se marcaban-. Solo quería saber que te gusta hacer para acercarme a ti.
     Luon examinó al sujeto, no por sentirse atraída sino en busca de algún arma. Entonces llegó a su cara. Pasó sus labios por alto pero en sus ojos… se detuvo. Eran brillantes, tenían una intensidad inconmensurable; eran caoba pero irradiaban una luz inmensa. Sus ojos eran fuertes, decididos, dóciles y atentos. Luon quedó hechizada por ellos.
     -Pues al parecer –dijo Luon- esto es lo que hago.
     -Pero que sorprendente –contestó el hombre-. No puedo creer que eso sea posible.
     -Yo tampoco.
     -Yo me refiero a que tus ojos me cautivan como los de ninguna otra persona. Me atraparon. Son… como el complemento de los míos.
     Al decir esto, Luon se dio cuenta de que el varón no la consideraba un adefesio, al parecer había pasado por alto aquel “defecto”; eso la flechó pero no la enamoró. Estaba animándose a darle una oportunidad, si él se la pedía.
     -Yo sé que… quizá usted no me conoce. Pero me encantaría que me conociera y que me diera la oportunidad de conocerla mejor. Algo en mi pecho tira hacia usted.
     Luon se dio la vuelta y se llevó las manos al corazón. Ella también sentía lo mismo. ¿Acaso era amor? Sentía una atracción, literalmente. Algo le jalaba. Luon se dio la vuelta y notó sobresaltada que el hombre se había acercado a ella.
     Ambos se contemplaron. Las almas se encontraron entre las pupilas del otro. El dulce olor a flores de ella y el presente perfume de cuero de él, se combinaron en uno solo.
     La luna estaba observando como la cómplice del momento perfecto. Hacía lo que mejor sabía hacer, adornar las noches románticas para los verdaderamente enamorados.
     Luon se dio la vuelta, pues se sentía intimidada por como el hombre la sumergía en sus pupilas. Luon intentó caminar y dio un paso hacia la entrada de la casa pero el hombre misteriosos la tomó de la mano para impedírselo y cuando lo hizo… Luon y él sintieron como sus sangres se complementaban. Era extraño porque era amor verdadero.
     El hombre quitó su mano suavemente y notó que estaba manchado por un polvillo gris. Un polvo muy fino que brillaba como limadura de metales plateados. La piel lo absorbió como esponja. Ese fue el sello que la luna le otorgó a su admiradora para hacerle notar que siempre existe alguien indicado en este mundo.
     Así comenzó la historia de Luon y el misterioso hombre. Se cuenta que consumaron su matrimonio de una manera muy especial y que muchos gozaron de la bondad y sabiduría de aquel buen hombre.
     La que nunca más pasaría inadvertida entre los enamorados sería: La leyenda del estanque de lotos.

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